El último símbolo de la política económica es que nos hemos quitado de encima el yugo del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional. Esa noticia, esa nueva divisa, se deja colar a la prensa con cierta connotación de ya-no-debemos-nada, de ya somos libres para tomar nuestras propias decisiones. Como solía decir mi mamá: Tú me dices de que te jactas, y yo te digo qué te hace falta. En este caso la pretensión es todavía más improbable: A quienes no entienden de esto, les importa muy poco que se tenga o no deuda con organismos multilaterales; para quienes están más familiarizados con el tema, el artificio resulta muy evidente.

Esa supuesta libertad ha venido a muy bajo precio: Cancelar 52 millones de dólares, equivalentes a 0,2% del total de nuestra deuda externa. Pero ya que Rodrigo Cabezas ha traído el tema del endeudamiento a la mesa, podemos aprovechar para darle una revisión más clara, con menos símbolos y más números ¿De qué se trata el estar endeudado si no es de eso, de números?

Al cierre del año pasado, la deuda pública externa totalizaba 25.836 millones de dólares. Durante 2006 se redujo en unos 5.360 millones de dólares, como consecuencia de la amortización de bonos Brady hecha desde FONDEN. Después de todo, es una buena noticia que de los 18.770 millones de dólares que habían entrado al fondo hasta diciembre pasado, al menos una fracción se utilice en beneficio de Venezuela. Con todo y eso, la deuda externa ha crecido 11% en relación con su saldo al cierre de 1998.

La historia de la deuda interna es muy distinta. Al cierre de 2006 totalizaba 36,2 billones de bolívares (doce ceros), una cifra 14 veces más grande que los tímidos 2,5 billones que teníamos en 1998. Corregida por inflación, la deuda interna ha crecido 264% en ocho años.

En sus declaraciones recientes, el Ministro de Finanzas comentó que “reducir sólo el perfil es caer en el círculo vicioso de refinanciamiento, tomar nueva deuda para pagar la vieja, sin salir del problema”. De acuerdo con las estadísticas del propio Ministerio, eso es exactamente lo que ha ocurrido.

Hay un aspecto adicional. En sus días al frente de Finanzas, Tobías Nóbrega solía advertir que había que considerar la deuda del BCV como parte de la deuda pública. Insistía tanto, es evidente, porque en aquél entonces esa deuda era cero. Eran los días en que no existía el control de cambio, y las operaciones de absorción consistían en vender dólares baratos para financiar salidas de capitales, al mejor estilo de Luis Herrera.

Al cierre de 2006 los títulos emitidos por el BCV totalizaron 34 billones de dólares, 22 veces más que en 1998, un crecimiento ajustado por inflación de 447%.

Visto como porcentaje del tamaño de nuestra economía, la deuda pública representaba en 1998 32,1% (incluyendo BCV), hoy en día representa 35,1%. Aquí tampoco se registra ninguna reducción. Menos libres aún: En 1998, cada venezolano debía 724.725 bolívares, mientras al cierre del 2006 debe 4.700.456 bolívares. Si se ajusta por inflación, la deuda pública por habitante ha crecido estos ocho años de relativa bonanza petrolera 61%. Es decir, de más libres nada. Al menos no en la medida en que ser más libres sea tener menos deudas.

Miguel Ángel Santos