Para tener una idea del atolladero en que estamos metidos hay que poner las cosas dentro de cierto contexto. En mayo la inflación en alimentos (7,5%) fue la mayor desde la crisis bancaria de Caldera. La variación de precios en ese rubro en doce meses (49,3%) está apenas por debajo del máximo de la última década, registrado en el delirio pleno del paro nacional. Ya nadie se acuerda del bolívar fuerte, de la economía fuerte, del país fuerte. Armando León, pregonero del milagro de la reconversión monetaria, no aparece por ninguna parte.

Todo este caos sin crisis bancaria, catástrofe natural, paro nacional o golpe de Estado de por medio. En siete meses el gobierno trató de tomar medidas en el único frente de política en el que es capaz de actuar: La demanda. Restringió la liquidez (creció menos de 1% entre enero-mayo). Salió a vender dólares en el paralelo. Ejecutó el gasto con algo de moderación. No ha dado resultado. Los días en que existía una enorme capacidad ociosa y las políticas de demanda tenían efectos mágicos en términos de crecimiento e inflación han quedado atrás.

Estamos en un callejón sin salida. Seis años sostenidos de alza en los precios petroleros nos han puesto cara a cara con el verdadero demonio venezolano: La ausencia de inversión, de trabajo, de producción. El entorno que rodea al sector privado no podría ser peor. Las estatizaciones tienen a los trabajadores alzados, haciendo peticiones imposibles, cerrando la entrada a las plantas y amenazando a sus propietarios privados con el gobierno si no ceden. Ahora Chávez pide a los trabajadores de SIDOR más trabajo y menos conflicto. Ya es muy tarde.

En ese contexto el Presidente se presentó el miércoles ante la nación, acompañado de un pequeño grupo de empresarios venezolanos. Llamó a una nueva alianza, sin especificar cuáles serían las bases de ese nuevo acuerdo. Le echó la culpa de nuestra inflación a la crisis de Estados Unidos (¿a quién más?), cuando los bienes importados al mayor registran una inflación de menos de la mitad de los bienes nacionales. Aseguró que CADIVI había frenado las fugas de capitales “que ocurrían antes”, pero el año pasado la acumulación de activos privados en el exterior superó los 16.500 millones de dólares (en buena parte estimulada por las operaciones de compra de bonos bolívar-dólar).

De allí pasó a los anuncios. Más subsidios a la producción, ruedas de inversión, plan de “fábricas socialistas adentro”, pero ningún cambio en las condiciones de negocios. Condonación de créditos a los deudores de FONDAFA que “perdieron capacidad de pago”, sin analizar si esa pérdida se debió a que el propio gobierno los quebró vía importaciones baratas, controles, impuestos, o simplemente a que eran ineficientes. Flexibilización del control de cambio, para hacer más expeditas las importaciones de bienes de capital por debajo de 50.000 dólares (¿qué “bien de capital” cuesta menos de eso?). Más de lo mismo. La única novedad, la eliminación del ITF, nos devuelve a la situación previa a noviembre 2007, habiendo causado en ese breve lapso de seis meses estragos sobre la inflación. Eso nos ayudará a bajar un peldaño o dos, no a cambiar la pendiente de la escalera.

Miguel Ángel Santos