El gobierno sigue buscando formas creativas de promover el empleo. La última versión de esta saga es la oficina que otorga el certificado de insuficiencia o no-producción nacional para libros importados. Es decir, uno debe solicitar una verificación oficial de que la obra de Haruki Murakami no se produce en Venezuela, y si lo hace, es en cantidades “insuficientes”. Hace ya más de un año que el Ministerio de Comercio publicó la resolución 38.882, que elimina los libros de la lista de acceso preferencial a CADIVI. La cultura puede esperar.

Por esa razón nuestras librerías están entre las más desabastecidas de la región. Cada vez que le hago este comentario a Walter Rodríguez, en Lectura, me pregunta: ¿qué cosa nueva viste allá, a ver si la pido? Y uno ya no encuentra por dónde empezar. Desde los seis volúmenes biográficos de Sándor Marai (aquí sólo se consigue uno); pasando por Orhan Pamuk, y su recolección de notas Otros colores, hasta la obra completa de Murakami, del cual aquí se consigue muy poco. También está Nadando en un mar de muerte, de David Rieff (una nota biográfica sobre su madre, Susan Sontag), el Elogio de la lentitud, de Carl Honoré y El lector, de Bernhard Schlink (base de la película de Ralph Fiennes). Ni hablar de los libros de texto. Algunos han optado por traer libros a través del mercado paralelo. Por ejemplo, Una historia de amor y oscuridad, de Amos Oz, cuesta más de doscientos bolívares fuertes. Con esos precios el mercado se contraerá todavía más, haciendo menos rentable la impresión mínima (imprimir menos de 500 ejemplares es muy costoso). Muchos otros textos se han desparecido o nunca llegaron porque sus casas editoriales abandonaron el país y no tienen representación local.

Por si esto fuera poco, en Miranda se acaba de descubrir la destrucción de más de sesenta y dos mil libros sacados de sus bibliotecas públicas, durante la gestión anterior. La razón: Excedente de material. Como ocurre con todo, ya salió el nuevo director del Instituto Autónomo Biblioteca Nacional, un tal Ignacio Barreto, a decir que también “se han reportado” destrucciones de libros socialistas de las bibliotecas de los Estados en donde ahora gobierna la oposición. Barreto, además, ha dicho que van a proceder a investigar, pero que el problema es que “la mayor parte de los libros tiene una ideología capitalista”.

Leer un libro equivale a adentrarse por un largo pasillo, la posibilidad de un nuevo mundo, amparado sólo en esa tenue luz que despiden las palabras. No tiene nada que ver con una película, ya demasiado hecha, demasiado corpórea para dejar algo a la imaginación. Las palabras, en cambio, tienen esa capacidad acuífera de ocupar todas las grietas, de colarse por todas las rendijas. El gobierno entendió que hay un nivel mínimo de lectura y conocimiento a partir del cual el ideario chavista no se digiere (con algunas excepciones). De allí la necesidad de apagar la luz. Leer tanta cosa no conviene. Como dijo el Sr. Barreto, esa es una política de Estado que responde a los intereses de todos los venezolanos, lo que pasa es que hay un 45% que “todavía no entiende que esa política le beneficia”. Otto Von Bismarck llegó a la avenida Universidad.


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Miguel Ángel Santos