Tomando en cuenta la tasa de cambio de cierre del año 2001, para finales de Mayo hemos acumulado una devaluación de 32%. Dentro de las estimaciones de los escenarios más optimistas del gobierno, la tasa de cambio de cierre se encuentra alrededor de 1,250 Bs/$, es decir, existe una devaluación implícita de 65% aún en los escenarios económicos del propio gobierno. Estimaciones más conservadoras ubican la tasa de cambio de cierre alrededor de 1,450 Bs/$, es decir, una devaluación punto a punto en el 2002 de 91%. El impacto inflacionario de esta devaluación se estima en alrededor de un 50% de la tasa de devaluación, es decir, cerca de 33% en el caso de los escenarios que está manejando el gobierno, y aproximadamente 46% en el caso de los escenarios menos optimistas. En cualquier caso, el ajuste cambiario en términos reales se encuentra alrededor de 50%.

Más allá de la magnitud puntual del ajuste cambiario, ¿Qué consecuencias cabe esperar que tenga la devaluación sobre la actividad económica venezolana?

La devaluación real lo que viene a representar es un cambio en los niveles de precios de los bienes importados versus los bienes producidos a nivel local: Una devaluación que es el doble de la inflación lo que hace es variar los precios relativos de los bienes y servicios producidos en Venezuela versus los bienes y servicios producidos en el exterior. En teoría este afecto de precios produce un incentivo a substituir bienes de consumo e inversión importados por bienes venezolanos (switching expenditure effect), que se hacen más baratos en términos relativos, lo que debería producir un efecto positivo sobre la cuenta corriente de la balanza de pagos, y, aún a pesar de introducir presiones inflacionarias, debería mejorar los niveles de producto e ingreso de la economía venezolana.

Eso es lo que ocurre en teoría. En la práctica, existen varios factores que pueden influir sobre este resultado. El primero de esos factores viene dado por los hábitos de consumo de los agentes económicos. Dependiendo de la magnitud de la devaluación, la velocidad con la que reacciona el aparato productivo y los consumidores se ajustan a los nuevos precios relativos podría ser bastante lenta. En otras palabras, en el corto plazo que sigue a una devaluación, el efecto sobre la cuenta corriente termina siendo negativo, puesto que las empresas no han tenido chance de aprovechar la mejor estructura de precios relativos, y los consumidores no han tenido chance de ajustar sus hábitos de consumo, es decir, no han tenido chance de substituir los bienes de consumo que antes importaban por bienes producidos localmente. Como resultado de ambos efectos, el efecto inicial de corto plazo de la devaluación bien puede ser recesivo, es decir, continúan las importaciones pero a precios reales mayores, y no se ha producido la reacción de las exportaciones. De acuerdo con varias investigaciones realizadas en países desarrollados, los efectos positivos de la devaluación ocasionados por el switching expenditure - si se mantiene la competitividad de la tasa de cambio - ha sido estimado en tres meses en Japón, siete meses en Bélgica, 9 meses en Estados Unidos, 10 meses en Suecia, 11 meses en Francia, y más de uno año en Alemania y Gran Bretaña.

Tómese en cuenta que en todos los países mencionados anteriormente existen condiciones políticas y económicas relativamente estables, y contrástese esa estabilidad con la situación de Venezuela, no solamente hoy, sino a partir de 1992. Allí es donde está la verdadera razón del por qué las devaluaciones ocurridas en los últimos 12 años han tenido característica fuertemente recesivas en el corto plazo, sin que jamás lleguemos a recoger los beneficios de largo plazo que podrían producir los ajustes reales en la tasa de cambio.

En Venezuela, las devaluaciones que se han hecho desde 1990 para acá no han tenido como objetivo o como guía la relación entre los precios de los bienes entre el país y sus principales socios comerciales. Por el contrario, la devaluación ha sido una salida al problema fiscal en épocas de precios petroleros declinantes, pero una vez solucionada la crisis y una vez que mejoran los precios del petróleo, la moneda se vuelve a apreciar en términos reales (se permite deslizar el tipo de cambio pero en una magnitud menor a la inflación). Como consecuencia de esta motivación fiscalista que ha existido detrás de los movimientos del tipo de cambio, se puede decir que los empresarios venezolanos no han tenido tiempo de reaccionar a los mejores precios relativos.

El gráfico anterior demuestra que, con la excepción de un breve período que abarca los años 1990-1991, los ajustes en el tipo de cambio han sido: a) Corrección de sobrevaluaciones insostenibles del bolívar, y b) Ajustes para equilibrar cuentas fiscales en períodos de precios petroleros declinantes. Dentro de éste cuadro, y al menos durante los últimos 12 años, los empresarios venezolanos jamás han tenido la garantía de que la tasa de cambio va a permanecer a niveles competitivos, y en lugar de ello han estado sometidos a largos períodos de apreciación cambiaria, seguidos de devaluaciones puntuales que corrigen la sobrevaluación – y con frecuencia más que corrigen, como las devaluaciones de Rafael Caldera de mediados de 1994 y principios de 1996 – Un aspecto adicional del gráfico anterior es que independientemente de que el período base se fije en Febrero de 1992, Julio de 1994, o Mayo de 1996, la sobrevaluación cambiaria que se acumulado como consecuencia de la diferencia en la evolución de los precios relativos se aproximaba en Diciembre de 2001 a 50%.

La condición necesaria para recoger los efectos expansivos de una devaluación en el mediano plazo no es que en el período de partida la tasa de cambio se equilibre en términos reales a las diferencias de precios que existen entre el país y sus socios comerciales, sino que exista una política cambiaria sostenible cuyos objetivos no sean fiscalistas que garantice a los inversionistas al menos el mantenimiento de los términos de intercambio con otros países. Los beneficios de unos precios relativos más transparentes tardan en llegar, y mientras lo hacen es necesario mantener la competitividad de la tasa de cambio.

El mantenimiento de una tasa de cambio competitiva no debe verse como una política de “empobrecimiento del vecino”. Esta denominación suele darse a economías que utilizan devaluaciones reales sostenidas de la tasa de cambio para mantener ventajas competitivas ante sus vecinos en el área comercial, lo que crea la expectativa entre los vecinos de hacer exactamente lo mismo, y podría conducir a devaluaciones sucesivas de las tasas de cambio (a menos que el país tenga un arreglo de tipo de cambio fijo, como Argentina, en cuyo caso tiene que trasladar a su aparato productivo los efectos de revaluación que producen sobre su moneda las políticas cambiarias de sus vecinos). Irónicamente, durante la última década Venezuela lo que ha seguido son políticas de “empobrecimiento en favor de los vecinos”, manteniendo una tasa de cambio excesivamente sobrevalorada en forma sostenida que ha favorecido las exportaciones de nuestros socios comerciales hacia el país y ha asfixiado la posibilidad de generar productos de exportación diferentes al petróleo.

Por estas razones los aspectos positivos que resultan de una devaluación en el mediano plazo no llegan nunca a ser recolectados por el país, porque la inversión en bienes exportables, o bien el inicio de los trámites en los casos de empresas con capacidades de producción ociosas en bienes transables, no bien han empezado cuando ya se ha iniciado un nuevo período de apreciación. No es de extrañar entonces el pobre desempeño de Venezuela en materia de exportaciones no tradicionales, y la creciente dependencia que las cuentas externas y fiscales del país han venido experimentando en relación con la actividad petrolera. Tampoco serán de extrañar los efectos ampliamente contractivos de la devaluación real que se está produciendo en el 2002.

Miguel Angel Santos