El informe de fin de año presentado por el Presidente del Banco Central de Venezuela me hizo recordar a la distribución del trabajo que solía proponer el más vivo del equipo en tiempos de bachillerato: ¡Yo hago la introducción y las conclusiones! No lo digo por ironía, ni tampoco en un afán por aprovechar las oportunidades de risa fácil que ofrece el documento, sino por las inconsistencias evidentes entre la introducción (páginas 1-20) y las conclusiones (36-37), y las cifras objetivas que se presentan entre ambas secciones (21-35).

Advierte el Presidente del BCV al comienzo que las políticas del instituto se orientaron a “promover y facilitar las condiciones necesarias para atenuar los impactos de la crisis económica global y seguir avanzando hacia el logro de un crecimiento sostenido, de estabilidad de precios, así como la preservación del valor interno y externo de la moneda”. Pero no hay nada en las estadísticas que indique que Venezuela haya conseguido atenuar los impactos de la crisis global. En 2009 la economía mundial cayó 1,1%; 1,8% en el caso de América Latina. Ambas cifras son inferiores a la caída de 2,9% registrada en la producción venezolana. ¿En qué consistió el efecto amortiguador? Quizás Merentes se refiere al hecho de que, si se considera la extraordinaria vulnerabilidad de nuestra economía, una caída de 2,9% es relativamente moderada. En cualquier caso, ese hecho se debe en buena parte al sacrificio de reservas internacionales (11.027 millones de dólares) y al colosal endeudamiento interno y externo contratado durante el 2009.

Cuando se consideran el crecimiento desde el punto de vista institucional aparecen resultados muy reveladores. Por ejemplo, el sector privado tiene siete trimestres consecutivos creciendo cero o negativo. En ese período su volumen de producción ha caído 5,0%, mientras el del sector público ha crecido 11,3%. Más aún, la producción privada tiene once trimestres seguidos desacelerándose (desde el cuarto trimestre 2006). En ese período su crecimiento acumulado es apenas 0,7%, mientras el sector público ha crecido 24,8%. Aquí aparece acaso la única coincidencia entre lo que Merentes predica y los números: Ha ocurrido una profunda transformación en la propiedad institucional en los medios de producción. Dada la eficiencia que hasta ahora ha mostrado el Estado venezolano como productor, no cabe esperar nada bueno de ese cambio. El gobierno se ha mostrado muy claro a la hora de reconocer las limitaciones del socialismo en cuanto a la productividad y al crecimiento se refiere. A las sucesivas crisis que se han presentado allí en donde el Estado o su nomenklatura fungen como productores le ha surgido una única respuesta: Dada la incapacidad de elevar la producción para sostener el consumo, nos toca reducir el consumo (racionar) hasta allí en donde se encuentren nuestros niveles de producción. El desbalance institucional no sólo se registra en la producción, sino también en el consumo: Mientras el del gobierno creció 2,1%, el consumo final privado cayó en 2,6%. Esta última caída se atribuye, según la sección cuantitativa del informe: “A la caída en el ingreso real, al aumento del desempleo, y a la menor disposición a gastar de los hogares”.

Algo similar ocurre en los niveles de precios. A pesar de la orientación que se establece en la introducción, la sección de estadísticas registra un alza de anualizada precios de 28,6% para el Área Metropolitana. El núcleo inflacionario, que aísla la canasta de variaciones anormales en los niveles de precios (i.e. precios controlados) registra un aumento anualizado de 36,0%. No es lo mismo tener una variación de esa magnitud en un contexto internacional de inflación elevada, a tenerlo en una época en donde la inflación de dos dígitos ha sido erradicada casi por completo.

Merentes acierta cuando califica la espiral inflacionaria de Venezuela como estructural, pero se pierde cuando se trata de identificar cuáles son esos factores estructurales en concreto. Comienza por mencionar “el aumento de los precios internacionales derivado de la crisis mundial de alimentos”, cuando en realidad los precios de los alimentos han descendido a una velocidad similar a los precios del petróleo. Nuestra inflación es una de las más altas del mundo a pesar de la fuerte caída en los precios de los alimentos a nivel mundial, no gracias a ella. Menciona también rezagos en la productividad, y la especulación de los agentes económicos en el paralelo. Más adelante, los que sí trabajan le enmendaron en algo la plana, atribuyendo la inflación estructural a 1) la ampliación de la brecha cambiaria, 2) la inercia inflacionaria, y 3) la contracción de la oferta doméstica. Este último factor es una suerte de cuenta residual que comprende los verdaderos factores estructurales tras la inflación venezolana: la ausencia de inversión pública y privada, las salidas de capitales, nuestra escasa capacidad productiva, o el hecho de que Venezuela es uno de los siete países del mundo en donde resulta más caro producir. El informe sí menciona que el riesgo país de América Latina se ha reducido a 380 puntos básicos, pero no hace ninguna referencia al hecho de que Venezuela se mantiene sobre los 1000.

También existe una inconsistencia significativa entre la orientación del BCV a “promover el ahorro” y las políticas de tasas de interés reales cada vez más negativas del instituto. Para financiarse barato el gobierno ha reducido las tasas de interés activas y pasivas. Estas últimas se encuentran ahora entre 12,6% y 15,0% anual para depósitos de ahorro y plazos respectivamente. Siendo así, las pérdidas forzadas en el poder adquisitivo de los ahorros equivalen en el mejor de los casos a entre 12% y 16%. Es decir, el gobierno amenaza a los tenedores de bolívares, los obliga a protegerse adquiriendo bienes de consumo o dólares, y para proveerlos se endeuda masivamente en los mercados internacionales.

Tampoco se ha conseguido la estabilidad cambiaria que se pregona en la introducción. La tasa de cambio promedio en el mercado paralelo se depreció 41% entre 2008 y 2009, a pesar de las costosísimas emisiones de deuda pública externa que puso en marcha el gobierno para tratar de contenerlo. Endeudarse caro para vender dólares “baratos” a los asustados ahorristas venezolanos es una política que nos conducirá la bancarrota.

Y así sucesivamente. El informe no hace ninguna referencia al hecho de que esa supuesta “amortiguación”, esto es, que los resultados que allí se anuncian no hayan sido todavía peores, se debe entre otras cosas a hemos contratado en un año una cantidad de deuda equivalente al 70% del total de deuda acumulada por la IV República a lo largo de cuarenta años. Por lo demás, casi todo lo que uno necesita saber está allí. Esas son nuestras estadísticas. Lo demás es anécdota. Como el hecho de que se mencione como un logro significativo que hayamos alcanzado la autosuficiencia productiva… en el área de impresión de monedas y billetes. Es decir, ya podemos imprimir todos los que nos hagan falta (pero no debería haber inflación, porque según Armando León esos bolívares ahora son “fuertes”). O la ironía de que se declare allí al 2010 como el “año del oro”. Pero bueno, ya eso forma parte del humor fácil que pretendía evitar.


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http://www.eluniversal.com/opinion/100109/que-dice...

Miguel Ángel Santos