Mi Negra ha dado mucho de qué hablar. La idea, más allá de la estrategia electoral, ha estimulado el debate acerca de nuestra concepción de la política, la economía, la naturaleza del venezolano y su relación con el hecho petrolero. Todos estos, y muy en particular el último, aspectos alrededor de los cuales nos ha costado mucho generar consensos. Los venezolanos hemos vivido siempre con un sentimiento de insatisfacción en relación con nuestro petróleo. Cuando los precios están bajos, porque nos desnuda como sociedad, porque saca a la luz nuestras peores carencias. Cuando están altos, porque se despilfarra, porque no se aprovecha lo suficiente, porque uno va por ahí y siente que no vive en un lugar al que le llueven cada año unos cuantos miles de millones de dólares; una fortuna con la que apenas sueñan otros países en donde se vive mejor.

¿En qué consiste Mi Negra? Aún entre quienes se mantienen al día a través de los servicios de noticias existe cierto grado de confusión alrededor de la idea. ¿Mi Negra y el Seguro al Desempleo son distintos? ¿La transferencia es por familia, por persona, o las dos? ¿Eso se puede? Como yo era uno de los grandes confundidos, hice un esfuerzo por ponerme al día esta semana.

Hasta donde ahora sé, Mi Negra es un programa para hacerle llegar, a través de una tarjeta bancaria, una cantidad (600.000 bolívares) a las familias pobres. De acuerdo con las estadísticas del INE, ese número oscila entre 2,1 y 2,3 millones de hogares (42%-46% del total). Visto así, el programa tiene un costo de 8.300 millones de dólares. Adicionalmente, para aquellas personas que, no formando parte de hogares pobres, se encuentren desocupados como consecuencia del empobrecimiento sostenido que ha sufrido la clase media, se prevé la transferencia de un salario mínimo mensual por tiempo limitado, una ayuda temporal mientras se reincorpora al sector productivo formal. Este último representa un componente marginal del costo de Mi Negra, pero su esencia está en el mensaje: El programa se encuentra orientado también a fortalecer la clase media, esa clase de cuyo desarrollo depende la convivencia, el progreso, y el sostenimiento de la democracia (de allí que a algunos le interesa que se pudra).

La primera gran polémica que se ha desatado es acerca del uso que los venezolanos harán del efectivo transferido. Por un lado están los que piensan que esos reales van a ir a parar a las arcas de Movistar, o peor aún, que “eso se lo van a gastar todo en caña”. Aunque con esta postura uno consigue gente de lado y lado, parece existir una incidencia predominante entre los adeptos al gobierno. Esta posición hace recordar al canciller Von Bismarck: “Al pueblo lo mejor, pero el pueblo no es capaz de discernir qué es lo mejor”. La otra posición es la que proviene de la tradición liberal: “No hay nadie que sepa mejor en qué gastar el dinero que las propias familias”, o la máxima de Nixon: “el gobierno no debe gastar un solo dólar que pueda ser mejor gastado por las propias familias”. La verdad se encuentra en los matices. De todos los comentarios que he oído en este sentido me quedo con el que hizo, en el programa de radio de Vladimir Villegas, Angel Emiro Vera: “Yo no creo que las familias venezolanas sean más sinvergüenzas y más despilfarradoras que quienes conforman la administración de este gobierno”.

Hay muchas otras polémicas. Si la transferencia generará inflación, si representa un cambio de fondo en la relación del venezolano con su petróleo, si representa un reconocimiento de la incapacidad distributiva del Estado. Trataré de volver sobre esto la próxima semana. La dictadura en cuanto a espacios y tiempos de entrega de Miguel Maita es implacable.

Miguel Ángel Santos