Recientemente he tenido la oportunidad de revisar en detalle el “Programa Económico de Transición 1999-2000” del Presidente Chávez, es decir, del Gobierno Nacional (por estos días ambas cosas vienen a ser prácticamente lo mismo). Me ha llamado la atención cómo un documento escrito puede guardar tal grado de similitud con los discursos del Presidente, siendo estos últimos un recurso esencialmente oral.

El programa, al igual que los discursos, peca de ser excesivamente largo, y que conste que largo aquí no viene a significar número de páginas, no, largo en el sentido que el famoso director de cine Elia Kazán ha utilizado para definir una película larga: Se puede decir lo mismo en mucho menos tiempo; en este caso, páginas.

Pasa de una idea a otra con sorprendente versatilidad sin preocuparse demasiado por el verdadero significado o complemento de las palabras, algo quizás permisible dentro del ámbito oral, siempre y cuando nadie se esté ocupando de tomar nota (algo a lo que desde los albores de este régimen han renunciado aún los transcriptores más abocados).

Esa capacidad que posee el Presidente para pronunciar un discurso sin leer (para leer, debe estar escrito; si está escrito, puede pasar a formar parte de la historia, cosa que no beneficiaría en nada al juicio histórico que en algún momento que hoy parece lejano va a caer sobre Chávez), ha prevenido al Presidente del ejercicio de la redacción, y las consecuencias que esto trae sobre el documento son notables.

Uno lo va leyendo poco a poco y, al igual que con los discursos del Presidente, pierde inevitablemente el hilo. Voltea una página para ubicarse pero no lo logra, avanza una a ver si uno se perdió temporalmente, pero tampoco, lo que está en la página siguiente no guarda relación con la actual que, a su vez, guardaba menos relación aún con la previa. Al igual que en los discursos, uno termina por dejarse caer en la poltrona impotente y solamente deja a la vista recorrer esas línea tras línea, así como a veces nos abandonamos frente al televisor dejando que esas frases vacías crucen el aire y entren en nuestros oídos, como podría entrar el zumbido de una mosca o el ruido de la calle (y quizás aún el leve susurro que produce una paja arrastrada por el viento).

También el programa establece una serie de deseos y voluntades, pero no se detiene en ninguno de sus cuarenta folios a destacar cómo semejante lista va a ser lograda (léase financiada) ni tampoco se preocupa demasiado porque esas voluntades colidan abiertamente con otras expresadas allí mismo. Es así como reconoce que los programas de ajuste “contienen efectos de empobrecimiento en el corto plazo, particularmente en los sectores de menos recursos ... y que ello requiere políticas sociales compensatorias en los casos más agudos y políticas redistributivas permanentes...”, mientras proclama que uno de los objetivos será la reducción del gasto público en forma sostenible y la estabilización del déficit fiscal. Es así como plantea “reducir el déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos” y “promover la diversificación de las exportaciones no petroleras”, mientras se propone mantener la estabilidad cambiaria que proporciona el sistema actual.

A veces no es necesario leer varias páginas y volver atrás para descubrir estas brechas tan evidentes, a veces se encuentran dentro del mismo párrafo. Un buen ejemplo que resume varios de los puntos anteriores es el siguiente párrafo: “Ello se enmarca en una organización social de la producción, en la que el mercado como mecanismo fundamental de la asignación de recursos y factores, incorpore formas organizativas complementarias de propiedad privada como el cooperativismo y las asociaciones estratégicas de consumidores y productores, favorezcan una dinámica de diversificación de la producción y agregación de valor que permita altos niveles de consumo y ahorro, con una masiva creación de fuentes de empleo, asegurando un nivel elevado de ingreso real para la familia venezolana”. Uno lee este párrafo y se pregunta: ¿Qué es esto? ¿Qué quisieron decir? ¿Qué tiene de económico ese párrafo, qué tiene de medida económica? ¿Cuáles son las medidas concretas? ¿Qué implicaciones tienen esas medidas para mí?

No hay respuesta. No hay respuesta en el documento y mucho me temo que no va a haberla. La prioridad del momento actual no es económica, es política, está encarnada en la Constituyente. Aún siendo así y mientras termino de ojear este documento, yo no puedo dejar de preguntarme: Si el discurso del Presidente y el Programa Económico de Transición 1999-2000 son incoherentes, mal redactados, contienen una lista interminable y contradictoria de deseos y voluntades sin ninguna referencia al cómo, si eso es así: ¿Por qué la Constitución que resulte de los seis meses de ejercicio de la Asamblea Constituyente va a ser distinta? ¿Qué la va a hacer distinta? ¿Quién va a estar allí haciéndole frente a la omnipresencia del Presidente? En este punto tengo que confesar que siento pánico de que luego de observar al país paralizado durante un año recibamos una constitución incoherente, una lista de derechos sin deberes inalcanzables, difícilmente garantizables y, para colmo de males, mal redactada. Confieso que me da vergüenza y pánico la posibilidad de una Constitución así.

Y, pensándolo bien, ahora tengo un miedo adicional. Temo que no estando del todo de acuerdo mis reflexiones con las del Jefe de Estado pase yo automáticamente a ser satanizado como corrupto, representante del viejo régimen o de las cúpulas podridas. Se equivocaría quien cometiera semejante ligereza y no precisamente conmigo, sino con el país entero: Entre la verborréa oficial y la improvisación de las políticas públicas del régimen actual, y la corrupción administrativa de los anteriores existe una tercera Venezuela. No la subestime Presidente.


Miguel Angel Santos