Basta con pasar unos días aquí para quedar atrapado en esa red de indefinición y desesperación que predomina en el país, con todas sus múltiples y desesperantes preguntas. Que si ese que tu estás viendo no es el proyecto de constitución, que es aquél otro, que si a última hora van a meter dos o tres cosas más todavía peores. Que si nos vamos o nos quedamos, que cuánto va a durar todo esto. Es muy rara esta sensación de ser testigo en este proceso mediante el cual una cobija arropa al país y lo devuelve al oscurantismo más absoluto.

Aún entre quienes enfrentan la circunstancia con una actitud más positiva del tipo qué-podemos-hacer las respuestas no surgen de forma fácil. Para mí, siempre aficionado a escapar de la realidad a través de la lectura, esa es una primera y evidente sugerencia. Estamos claros, leer en nuestra circunstancia produce un efecto similar al que describe la frase del Minotauro en El Laberinto de León Febres Cordero: “Yo me quito la máscara, y ella (Ariadna) sigue viendo al minotauro”. Aún así, leer, prestarle atención a la voz de otro, ayuda a mantener la mente fuera de esa miseria de rumores y temores que no por ser ciertos nos paralizan menos. Leer no sólo ayuda a ganar cierta compostura, sino que además, en la medida en que se lee a quienes han pasado por una situación similar, sugiere cursos de acción, respuestas parciales a nuestra urgente duda existencial.

Por estos días me cayó en las manos el libro Dándole la mano al diablo , del General Romeo Dallaire, comandante canadiense enviado por la ONU a Rwanda para tratar de promover un acuerdo entre las partes beligerantes en 1994. El general ha hecho un extraordinario recuento de los hechos que antecedieron al genocidio, de la incapacidad de la comunidad internacional para anticipar la magnitud de la catástrofe, de su muy publicitada y tardía reacción. Si hay algo que se saca en claro del trabajo de Dallaire, por un lado, es la importancia de promover los liderazgos moderados en todos los niveles de la sociedad y evitar posiciones extremas; por el otro, lo poco que se puede contar con la comunidad internacional en estos casos.

Apenas acaba de llegar al país el último libro del periodista francés Guy Sorman China: El imperio de las mentiras. Sorman ha pasado un año entero viajando por China, entrevistando a esas voces disidentes que el aparato de propaganda del Partido Comunista (el Partido, porque no hay ningún otro) mantiene silenciadas. Un abreboca: “La China real, la que habitan los chinos, está en manos de un partido siempre totalitario, de sus oficinas de Seguridad, de su departamento de Propaganda. Los extranjeros consumen lo que él administra: estadísticas económicas inverificables, elecciones fraudulentas, epidemias disimuladas, pretendida paz social…”.

El libro es, como lo describe el propio Sorman, un esfuerzo por evitarle a Occidente el reincidir en la fascinación que a veces ha mostrado hacia los tiranos. Pero también, para quienes han logrado enriquecerse a la sombra del Partido Comunista, es una advertencia; y para el 95% que no pertenece al Partido y sigue viviendo marginado, amenazado, explotado y arropado por la maquinaria de propaganda, una esperanza.

Miguel Ángel Santos