Desde 2007 han ocurrido cuatro procesos electorales. Dos de ellos se perdieron por márgenes relativamente pequeños: el referéndum por la reelección indefinida (54%-46%) y las elecciones de gobernadores y alcaldes (53%-47%). En los otros dos, el referéndum constitucional de diciembre de ese mismo año y el pasado domingo, la oposición superó al gobierno en número de votos. Hasta hace muy poco, ésta era una tarea ciclópea que se nos antojaba algo menos que imposible.

¿Qué ha cambiado? Es difícil no hacer una correlación entre la incorporación del movimiento estudiantil a la política en 2007 y la primera victoria de oposición en diciembre de ese mismo año. Si hay algún punto a partir del cual la situación política empezó a cambiar fue aquél. También ha ocurrido una suerte de resurgir de esa fe en el voto que Enrique Krauze identifica en El Poder y el Delirio como una de las principales herencias de los primeros años de nuestra democracia. Por último, el liderazgo opositor asimiló la magnitud de la amenaza y consiguió reconciliar todas sus piezas regadas en un rompecabezas improbable (otra cosa que hasta hace muy poca parecía imposible).

Los resultados también nos dejan un aprendizaje esencial. Ha quedado otra vez en evidencia la vacuidad del concepto de los Ni-ni. Esta categoría política ha sido presentada por algunos vendedores de ilusiones como el mantra, la clave para entender el panorama político venezolano. Tan es así, que hay encuestadores que llegan al extremo de disputarse con orgullo su acuñación y acusan a los demás de copiones, como si ellos fuesen Jean Francois Champollion y la construcción de los Ni-ni la piedra Rosetta. Ahí está el PPT, que pretendió apelar a esa “enorme masa de ciudadanos” que están insatisfechos y “no se identifican con ninguna de las dos propuestas”. Ahora seguro que la charlatanería de ocasión para intentar explicar la ausencia de los Ni-ni en los resultados del domingo será que “se volvió a imponer la polarización”.

Pero todo queda por hacer. Resta observar cómo reaccionará el Presidente. Podría pensar que el tiempo se acaba y tratar de acelerar la implementación del proyecto socialista (que tanto daño le ha causado a su popularidad). O podría volverse práctico, como en tantas otras ocasiones, y avanzar, sí, de una forma menos estridente, mientras se continúa endeudando para seguir financiando el populismo. Pero el 2012 aún está lejos. En cualquier caso, ya la oposición tiene equipo y fuerza suficiente como para darle preponderancia a lo que será su propia estrategia, en lugar de vivir jugando a adivinar qué va a hacer Chávez.

Entre la rápida sucesión de imágenes que conforman mis recuerdos del domingo hay una que predomina sobre todas las demás: Es Ramón Guillermo Aveledo, ecuánime, breve, diciéndole a los venezolanos que pueden irse a dormir tranquilos, porque cuentan con una oposición que se va a quedar a velar por sus votos. Me causó una impresión fortísima. Y pensé en que acaso se debía a que llevamos tantos años viendo a Chávez, que no es más que un espejo de lo que una gran parte de Venezuela todavía es. Aveledo, en esa hora afortunada, surgió como la primera imagen del tipo de país que queremos ser.


Miguel Ángel Santos