El cierre de la mayoría de las estadísticas oficiales del año 2003, cinco años después del comienzo de la revolución, permite hacer un balance de todos los quinquenios de la democracia venezolana en términos de variables reales, es decir, producción de bienes y servicios, ingreso por habitante, empleo y pobreza extrema.

El promedio del crecimiento anual de la producción de bienes y servicios en estos cinco años ha sido –3.6%, el más bajo desde 1950, y el único negativo, conjuntamente con el periodo de gobierno de Luis Herrera (1978-1983: -1.2%). Todo esto a pesar de que en estos últimos cinco años no ha ocurrido ninguna caída significativa en los precios petroleros, un fenómeno común a todas las administraciones previas de la democracia venezolana. El hecho de que la producción de bienes y servicios haya caído 3.6% anual mientras la población crece a una tasa de 1.8%, ha generado entre 1998 y 2003 una caída promedio anual en el ingreso per cápita venezolano de 5.4%. Esta caída tampoco tiene ningún precedente en los últimos 53 años, siendo secundada por la pérdida promedio anual en el ingreso por habitante sufrida durante la administración de Luis Herrera (-3.9%). Cuando uno considera los últimos cinco años, los venezolanos han sufrido una caída agregada de 27% en el ingreso por habitante.

Esto significa que si la distribución del ingreso en Venezuela fuese completamente equitativa, todos y cada uno de los ciudadanos hubiesen perdido 27% del poder adquisitivo en sólo cinco años. Pero todos sabemos que eso no es así. Las diferencias en la distribución del ingreso, ya de por sí bastante acentuadas para 1998, se han deteriorado considerablemente como consecuencia de la devaluación, que ya alcanza 232% (Chávez comenzó en febrero de 1999 a 577 bolívares por dólar), y de la pérdida de aproximadamente setecientos veinte mil puestos de trabajo en los últimos veinticuatro meses.

Nunca antes la diferencia entre el crecimiento económico y el crecimiento de la fuerza laboral fue mayor que en estos últimos cinco años. Esta estadística es esencial porque muestra la capacidad del sector formal de la economía para absorber el crecimiento anual de la fuerza laboral, que se encuentra entre 3.0% y 4.0%, como consecuencia de las altas tasas de natalidad registradas en el país en la primera mitad de los ochenta. Pues bien, mientras la economía ha caído en promedio cada año 3.6%, la fuerza laboral ha aumentado 3.9%, totalizando una diferencia entre ambas (-3.6% menos 3.9%) de -7.5%. Tampoco esta cifra tiene precedentes, y también está secundada por la diferencia registrada durante el gobierno de Luis Herrera (-5.1%). Siendo así, no es de extrañar que el aumento en el desempleo de 5.8% ocurrido entre 1998-2003 (de 11.0% a 16.8%) se encuentre segundo en nuestra historia, muy cerca del registrado por Luis Herrera (6.0%).

A medida que la fuerza laboral crece y la economía no tiene capacidad de absorber el crecimiento, se canalizan venezolanos hacia el desempleo y la informalidad. Más venezolanos dedicándose a una economía informal que tampoco crece, se traduce en una caída en el ingreso promedio del sector, que ya se encuentra muy por debajo del nivel necesario para adquirir la canasta básica alimentaria. Así se ensambló la máquina de fabricar pobres venezolana, y su ritmo de producción de pobreza se ha acelerado notablemente en los últimos cinco años.

Este último quinquenio también lleva entre sus méritos el de ser el que más aumentó la pobreza extrema, ese porcentaje de familias sin capacidad para adquirir la canasta básica alimentaria, que según cifras de la UCAB han crecido 15.3% (de 21.4% a 36.6%) entre 1998 y 2003. Es por todo esto que Venezuela necesita un cambio, y que ese proceso de cambio debe traer consigo un ajuste macroeconómico orientado a recuperar el sector real de nuestra economía. Ese ajuste ha sido considerado y evitado en varias ocasiones por ser “muy costoso”. Ha quedado demostrado que no hay nada más caro que un año más de quinta república.

Miguel Angel Santos