La crisis financiera que azota la economía de Estados Unidos tiene algunos aspectos sencillos de comprender y otros mucho más técnicos, más complicados, bastante menos intuitivos. Hasta hace poco se pensaba que la mecánica de estos últimos apenas era conocida por un número muy pequeño y privilegiado de personas. Ahora se sabe que ni siquiera ese pequeño grupo de mentes brillantes era capaz de comprender los niveles de riesgo a los que estaba expuesto.

La crisis se gestó alrededor de dos fenómenos que coincidieron en el inicio de esta década. En primer lugar, los incrementos sostenidos en los precios de las materias primas a nivel mundial. Los países exportadores registraron ingresos que excedían sus necesidades de gasto, generando excedentes en dólares cada vez mayores. Esos excedentes fueron dirigidos hacia los mercados financieros más desarrollados, Estados Unidos en particular. Allí coincidieron con los fondos que venían huyendo de las compañías punto.com, entonces en pleno descalabro, inundando de liquidez la economía norteamericana. Las tasas de interés se fueron al suelo, lo que hizo atractivas las inversiones en bienes raíces.

Así, los fondos empezaron a ser canalizados hacia el sector inmobiliario en una proporción cada vez mayor, bastante mayor a la capacidad de oferta de la economía. Se produjo una aceleración de precios que hizo las inversiones todavía más atractivas. Para mantener el momento, el sector financiero le tendió la mano a un conjunto de compradores con un perfil de riesgo mayor (sub-prime). Con los precios de las viviendas subiendo a una tasa mucho mayor que la propia tasa de interés, las probabilidades de default eran muy bajas. Así se fue alimentando la burbuja.

Y aquí viene la vertiente más compleja de la crisis. Ese conjunto de instituciones decide trasladar los riesgos de esas hipotecas sub-prime, empaquetándolos y vendiéndolos a través de instrumentos financieros cada vez más complejos (derivados). Mientras los reguladores procuran asimilar toda esa variedad de instrumentos, éstos actúan como un huracán, una suerte de fuerza centrífuga que incrementa de forma exponencial el riesgo inicial. Así creció la exposición del sistema financiero, de los bancos de inversión, del país, al riesgo del sector inmobiliario. Quienes estaban al frente pensaban que eran capaces de calcular los niveles de riesgo a los cuales estaban expuestos. No fue así.

Algo similar ocurrió con Long Term Capital Management en el año 2000, con sus dos premios Nóbel en economía a la cabeza (hasta el día de hoy han “pasado agachados”). Sucedió algo “siete desviaciones estándar más allá de la media” (Scholes dixit). “Una posibilidad en un millón” (Merton dixit). La frecuencia con que ocurren estas crisis indica que los sabios y las mentes brillantes se equivocan bastante más que eso.

La crisis pone de relieve la importancia de la regulación del Estado sobre el sistema financiero. Los mercados financieros no siempre funcionan bien, existen muchas fallas, muchas asimetrías de información, mucho sinvergüenza técnicamente bien equipado inventando mecanismos e instrumentos que lo ayuden a aumentar sus rendimientos mientras otros corren los riesgos.

Miguel Ángel Santos