Sacándole punta al lápiz durante estos días, descubrí que el precio del barril venezolano cayó justo cuando estábamos más cerca de registrar el mayor ingreso petrolero por habitante de nuestra historia. Es decir, si tomamos los ingresos por exportaciones petroleras, los corregimos por inflación y los dividimos por habitante, el punto más alto sigue siendo 1974 (502 dólares de 1958). En el año que acaba de terminar, nuestras exportaciones petroleras per cápita resultaron 12% menores a ese valor (440 dólares de 1958). Esto es lo más cerca que hemos estado de aquél punto de máximo esplendor petrolero.

Pero las similitudes van mucho más allá. Con aquél ingreso (producto del embargo de los países árabes a Estados Unidos por su apoyo a Israel durante la guerra del Yom Kippur), el gobierno se embarcó en una ola fiscal expansiva que comprendía la construcción de una enorme red de empresas públicas, además de la nacionalización (estatización) del hierro y el petróleo. El impulso de demanda generó una fuerte presión de precios, la inflación del quinquenio (8%) casi triplicó la del gobierno anterior (3%), pero gracias a la abundancia de divisas no se implementó ninguna devaluación. En un país que mantenía numerosas áreas de su economía cerradas a la inversión y a la competencia extranjera, se generó una pequeña elite de grupos económicos que hicieron una fortuna repentina, con base en la producción nacional de cuanta cosa (protegida) fuese posible.

El 2009 será diferente. Si el precio promedio de nuestro barril se estabiliza entre 40-50 dólares, vamos a terminar con un ingreso petrolero por habitante similar al registrado durante los dos primeros años del gobierno de Jaime Lusinchi: 1984-1985. Esta coincidencia también irá mucho más allá.

Enfrentados con una fuerte caída en los ingresos petroleros, los políticos de entonces implementaron un régimen de cambio diferencial, colocaron los bienes que competían con la producción nacional a 7,50 (74% de devaluación), impusieron un control de precios (CONACOPRESA) e introdujeron nuevos impuestos (Alcohol, timbres fiscales, y reformas para acelerar la recaudación del ISLR). Más importante aún, decidieron utilizar las reservas internacionales para mantener el ritmo de crecimiento de las importaciones. En el quinquenio de Jaime Lusinchi, las exportaciones pasaron de 13.937 a 10.244 millones de dólares, pero las importaciones crecieron de 5.783 a 11.465 en esas mismas unidades. El país quedó en el chasis.

Ese es el panorama. El gobierno podría reconocer que el futuro ya no es lo que era antes (Mafalda dixit) e implementar un programa de ajustes que en cualquier caso tendría un fuerte componente de devaluación, reducción en el consumo, aceleración de la inflación, y disminución del gasto en términos reales. Es eso, o seguir la receta de Lusinchi y cruzar los dedos. Un whisky más en la barra del Titanic. La clave aquí es por cuánto tiempo se podría prolongar la depresión en los precios petroleros, y si ese período es suficiente para salir a buscar un Carlos Andrés cualquiera que pague las cuentas. Es decir, el punto clave es si el Pérez de Lusinchi en el caso de Chávez es el propio Chávez, o algún otro. ¿No?

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Miguel Ángel Santos