Cada vez tiene menos sentido estudiar el presupuesto nacional. Cada vez la ejecución tiene menos que ver con el papel, cada vez hay más créditos adicionales, más partidas fuera de balance. Sería extraño que no fuese así, a fin de cuentas, este es el único presupuesto de cuya ejecución nadie se hace responsable. Tengo para mí que este proceso, que en otro lugar haría las veces de herramienta de planificación y disciplina, canal de comunicación de propósitos entre quien gobierna y los mercados, en nuestro país es apenas un disimulo, una convención, una costumbre vacía. Mucho ser y poco deber ser. Se trata de un copy-paste, de un agárrate el del año pasado y cámbiale algunas cositas aquí y allá, y eso sí, sálvalo con otro nombre. Más allá del ritual, los mismos trucos de siempre.

Se siguen presupuestando volúmenes de producción petrolera sobre-estimados (3,5 millones de barriles diarios en lugar de 2,6), y precios subestimados (29 dólares por barril en lugar de los 45-52 dólares en que coinciden los pronósticos de los analistas para la cesta venezolana). Este efecto de magia, digno de la mejor época del mago del Ta-ta-ta-ta, arroja unos ingresos que, al nivel de producción actual, requieren de no menos de 39 dólares por barril. Visto así, no se encuentra todo lo subestimado que uno cree.

La inflación proyectada es de 10%, una meta que requiere de la estabilización del gasto público, de la promoción de un ambiente más favorable para la inversión privada, y de que el propio gobierne comience por dar el ejemplo ejecutando un programa masivo de inversión pública. No hay nada de eso por ahí. Se sigue amenazando al sector privado, se siguen celebrando los 67 millones de dólares de inversión extranjera no-petrolera recibidos en los primeros seis meses de 2006, y se presupuesta una cifra de inversión pública equivalente a 6,8% del PIB. En relación con esto último, y muy a pesar de la impresión visual que pretende fijar la inauguración acelerada de algunos tramos de transporte público y el asfalto de algunas carreteras, durante estos ocho años la inversión pública se ha mantenido en los mismos niveles de los últimos veintisiete años. Un aspecto más en el que la quinta no ha podido dejar de ser cuarta.

Sobre la tasa de cambio oficial, 2.150 bolívares por dólar para todo el 2007, caben dos interpretaciones. O bien se aprendió la lección que terminó por dar al traste con Tobías Nóbrega (no anunciar la devaluación), o bien se seguirá combatiendo la inflación a punta de importaciones, a costa de los productores nacionales. Ya en los últimos doce meses de crecimiento endógeno el componente local de la inflación se situó por encima de 15%, mientras los bienes importados aumentaron apenas 5%. Ninguna de las dos es demasiado esperanzadora.

En la calle, el consenso de todos los analistas, nacionales y extranjeros, es que la inflación venezolana en ningún caso será menor de 15%. A falta de otra cosa, aquí lo que viene es más importaciones, más operaciones de absorción (BCV), más gasto, más dependencia del ciudadano del Estado, y menos empleo. Seguiremos agarrados con pinzas. Ah, y eso sí, mucho pico y pala, mucha reingeniería estadística y de re-estimación de indicadores, a ver si por fin terminamos de alcanzar esas metas.

Miguel Ángel Santos