En un foro realizado por estos días en Washington, Moisés Naím ha dicho que Chávez tiene “capacidad política y recursos económicos para seguir en el poder muchísimo tiempo”. Con ese placer que Moisés siempre ha derivado de oponerse a lo convencional, con la capacidad que ha desarrollado para develar la fragilidad típica de las soluciones fáciles y los lugares comunes, ha enfatizado que “se equivocan los que aseguraban que la crisis económica acabaría con el gobierno de Chávez”. Y seguro no le falta algo de razón. La correlación entre la estabilidad política y la economía siempre ha sido de una naturaleza muy débil.

Sin embargo, acaso por puro tecnicismo, uno no puede dejar de percibir cierta inconsistencia en el afirmar por un lado que Chávez no caerá por la crisis económica, y por el otro que tiene recursos para mantenerse en el poder por muchos años. No deja de ser un contrasentido, una asimetría de la lógica, pensar que si la falta de recursos no necesariamente conduce a la salida, el tener dinero si hará posible que se instaure en el poder para siempre (con las restricciones biológicas del caso).

Durante los primeros seis meses de este año, el precio del petróleo venezolano cayó en más de 50%. Hasta donde tenemos noticia, en el primer trimestre el PIB inclusive llegó a crecer 0.3%, las importaciones subieron 7%, el consumo por habitante registró un leve crecimiento de 1.4%, y la inflación se estabilizó alrededor de 26-30% (con la de alimentos cayendo en picada desde 57% hasta 22%). ¿Cómo fue eso posible?

Es sencillo. Durante ese semestre hemos sido testigos de uno de los procesos de endeudamiento público más acelerados de los que se tenga conocimiento en período tan breve. Nuestra deuda externa pasó de 51.000 a 59.000 millones de dólares, con proyecciones de alcanzar 66.000 a final de año. Eso equivale a contratar, en doce meses, la mitad de todo el endeudamiento registrado durante los cuarenta años previos a Chávez. Para conseguir esa cantidad en el entorno mundial posterior a la crisis financiera, el gobierno estuvo dispuesto (entre otras cosas) a colocar deuda de PDVSA a dos años a tasas entre 21%-26% en dólares, y a recibir 5.200 millones de dólares en efectivo de China y Japón, a cambio de producción futura de petróleo.

Con la deuda interna creciendo en 108% en 2009, nuestro endeudamiento total terminaría alrededor de 47% más alto al cierre del año en relación con 2008. Es allí en dónde está la “magia” de Chávez. Ese endeudamiento masivo no es consistente con la posición de alguien que tiene “recursos económicos para seguir en el poder muchísimo tiempo”. Bajo el artificio financiero de calcular el PIB venezolano a 2,15 Bs.F. por dólar, nuestra deuda equivale al 30% del tamaño de nuestra economía. A otras tasas de cambio, de esas que se ven todos los días por ahí, se ubicarían en la vecindad de 70%. De eso se trata. A ese ritmo esto no se podría sostener por mucho tiempo. Entendiendo “esto” como nuestra manera de vivir. No quiere decir, para cerrar el círculo, que Chávez se vaya a ir. Pero sí quiere decir que si se queda, no existe ninguna probabilidad de seguir viviendo en el país en el que vivíamos hasta hace muy poco.


Miguel Ángel Santos