Seis años han pasado desde aquél Diciembre de 1998. Seis años desde la última vez que tuvimos un sistema y un país en donde, con sus defectos y con sus virtudes, la oposición tenía alguna oportunidad legítima de recuperar el poder por la vía democrática.

A diferencia de la percepción política, que se presenta a ratos con matices contradictorios, que se presta a la reinterpretación y a la recreación del pasado, en el área económica hay pocas oportunidades para evadirse. Son seis años en donde el ingreso promedio por habitante ha caído alrededor de 15%. No en vano, y según las estadísticas más recientes disponibles (INE), la pobreza extrema y la total pasaron de 17.1% y 43.8% en 1998, a 28.1% y 60.1%, respectivamente, al cierre del primer trimestre del 2004.

Seis años en donde el sector informal de la economía pasó de ocupar 49% a 55% del total del empleo. Hasta el cierre del año 2003, se habían incorporado a la fuerza laboral más de dos millones de personas, pero la creación de empleos formales apenas superaba los trescientos mil. Son seis años en los cuales, con sus subidas y bajadas, jamás hemos recuperado el nivel de producción que teníamos en 1998, lo que quiere decir que han sido seis años de muy poca inversión neta (por encima de la depreciación), pública o privada, nacional o extranjera. Sigue existiendo en el país algo de capacidad ociosa para crecer cada vez menos, pero sin inversión no puede haber crecimiento de largo plazo.

Son seis años en donde el gobierno pasó de deber 27% del tamaño de la economía, a deber 45%, y en donde la tasa de cambio pasó de 564 a 1.920 bolívares por dólar, una devaluación oficial de 240%. En materia cambiaria, son seis años divididos en dos partes muy claras, diferentes políticas o maneras de enfrentar una situación de fondo común: La ausencia de inversión privada, el deterioro de la confianza, y las debilidades estructurales presupuestarias que de allí se derivan. Durante una primera parte (1998-2001), tres años de apreciación cambiaria en un régimen de bandas que provocó una fuga de capitales superior a los 29.000 millones de dólares, pero mantuvo la inflación en niveles relativamente bajos. La segunda parte, mediando entre ambas una gigantesca devaluación real, ha sido de nueva apreciación esta vez en un sistema de control de cambio, que ha disparado la liquidez y, a pesar de las fuertes importaciones, causado una inflación moderada en una época en la que en el mundo existen muy pocos países padeciendo inflación.

En este período han ingresado al país más de 110 millones de dólares por concepto de exportaciones petroleras, gracias a que, con una tendencia marcada hacia el alza, los precios de la cesta venezolana han promediado 24 dólares por barril. Este monto salió, por la vía de fugas de capitales o importaciones, prácticamente con la misma facilidad como entró, sin dejarle a Venezuela nada en concreto.

Por encima de todas las cifras, las anécdotas y las interpretaciones, son seis años en donde Venezuela ha hecho poco por solucionar las debilidades estructurales que aquejan nuestras finanzas públicas desde hace treinta años. Seis años después somos más pobres, más dependientes del petróleo en términos de producto, de exportaciones y de ingreso fiscal, más inestables, y no hemos utilizado la bonanza relativa en los precios para generar inversión, crecimiento y empleo fuera del sector petrolero de la economía. Son seis años en donde, como escribiera el emperador Adriano en su carta a Marco Aurelio, hemos entrado en la muerte con los ojos abiertos.


Miguel Angel Santos