No le caigas a patadas a la colmena. Esta es una máxima muy utilizada por Abraham Lincoln que se me ha venido a la mente a raíz de las conversaciones que han venido ocurriendo entre el gobierno y representantes del sector privado venezolano. Hasta el momento en que escribo, de la agenda que siguen estas conversaciones se conoce muy poco, lo que quizás haya contribuido a la reticencia con que la opinión pública en general ha seguido la noticia de estos encuentros.

Lo cierto es que en cualquier caso el diálogo entre ambas por partes, por sí sólo, no alcanza para restaurar la confianza, o por lo menos no aquella confianza que hace que alguien decida invertir su dinero en Venezuela y apostar así en favor del país a largo plazo. La sola reunión es una buena señal inicial sobre la disposición de ambas partes a conversar, cosa difícil antes de estos nuevos días, pero como se dice en matemática básica, es una condición necesaria pero no suficiente para restaurar la confianza. A fin de cuentas, si se están dando ahora unas conversaciones que no se daban antes, debería ser para hacer algo diferente a lo que se hacía antes.

¿Qué cosas pueden empezar a hacer las partes que no hacían antes? La única promesa que queda al sector privado venezolano es la de no inmiscuirse en asuntos políticos, hacer mea culpa del paro nacional de Diciembre 2002, y propósito de enmienda. Del lado del gobierno hay bastante más por hacer.

El problema radica en que quizás los negocios establecidos en Venezuela pueden tener una agenda que los ayude a sobrevivir dentro de un ambiente repleto de discrecionalidad y ciertamente restrictivo a la actividad económica privada. La agenda de discusión de un negocio ya establecido debería abarcar aspectos puntuales como las demoras en la cancelación del drawback, la disminución de los porcentajes de retención de IVA de contribuyentes especiales (75%) y no especiales (100%), el funcionamiento del sistema de aduanas en puertos y aeropuertos, la inamovilidad laboral, el problema reciente surgido en los permisos sanitarios, por nombrar los que más se escuchan, acaso los más urgentes.

Pero hay una agenda más amplia, aquella que negociarían los inversionistas que no están en Venezuela antes de traer sus capitales al país. Esos no tienen representantes en este diálogo. Sus percepciones acerca de los aspectos que hacen más productiva la inversión están claramente reflejadas en los lugares ocupados por Venezuela en los rankings internacionales de competitividad, transparencia, opacidad y riesgo de hacer negocios. Esos inversionistas requieren autonomía para el Banco Central, transparencia en las relaciones con el SENIAT y otros entes gubernamentales, políticas económicas sostenibles que procuren aislar al país de los shocks petroleros y no que lo hagan cada vez más vulnerable, fondos de estabilización (de verdad), fondos de ahorro de largo plazo, un sistema cambiario que facilite la exportación de productos venezolanos hacia el exterior y que no se complazca con importaciones baratas, además de seguridad jurídica, poca discrecionalidad, reglas claras, y estabilidad en las reglas del juego.

Sin un agenda así el crecimiento económico ni es sostenible, ni tendrá efectos sobre el desempleo. En el primer semestre de este año la economía registró un crecimiento de 23.1%, pero el empleo pasó de 14.3% a 14.2%. Hace falta bastante más que empuje fiscal y buenos precios para producir bienestar social más allá del rebote en el crecimiento económico. Hace falta no caerle a patadas a la colmena.

Miguel Ángel Santos