Estudiar los movimientos poblacionales siempre resulta útil e ilustrativo a la hora de identificar y entender los fenómenos políticos y económicos de una época. En Venezuela, desde 1998, han ocurrido varios movimientos migratorios importantes que son esenciales para comprender al país.

Uno de esos grandes movimientos ha ocurrido en la estructura poblacional. A pesar de que nuestra tasa de natalidad entre 1998-2002 cayó a 1.45%, por debajo del promedio latinoamericano, quienes se incorporan a la oferta laboral hoy en día son aquellos que nacieron entre 1983-1985, cuando la tasa de natalidad promedió 2.81%. Esto representa cada año 240.000 nuevos miembros, 240.000 nuevos puestos de trabajo formales que debería crear nuestra economía para que la pobreza, el desempleo y la informalidad no aumenten en términos absolutos, y empiecen a disminuir en términos relativos.

Ahora bien, la economía venezolana de los últimos cuatro años ha caído a una tasa promedio interanual de 2.41% (si se incorpora la previsión de caída del producto interno bruto de 15% para el año en curso, la caída promedio anual de estos cinco años alcanzaría 5.05%). En otras palabras, a estos 240.000 miembros que se incorporan cada año a la oferta laboral, ahora se le suman aquellos que han sido despedidos de la economía formal como consecuencia de la contracción económica. A este inmenso grupo de venezolanos no le queda otro remedio que repartirse entre la informalidad y el desempleo.

Aquí también ha ocurrido una migración poblacional importante, entre la economía formal y la informal, que hoy en día ya representa 55% del mercado laboral. Esta migración masiva de nuevos entrantes y trabajadores despedidos del sector formal hacia el sector informal ha traído consigo la lógica apertura de la brecha salarial entre ambos sectores: Si para 1998 el salario promedio del sector informal estaba 32% por debajo de su contraparte en el sector formal, al cierre del 2002 esa brecha se incrementó a 46%.

Este deterioro en el salario promedio del sector informal llegó a su punto crítico en 1999, cuando por primera vez el ingreso de más de la mitad de los trabajadores del sector no fue suficiente para comprar la canasta básica alimentaria. Hasta entonces, el sector informal había sido una verdadera alternativa de subsistencia, respuesta individual y muestra de espíritu empresarial ante la incapacidad del Estado para crear puestos de trabajo. Desde entonces, el vínculo entre el sector informal y la pobreza extrema se ha estrechado: Si para el cierre del 2002 hacían falta dos salarios informales sólo para adquirir la canasta básica alimentaria, al cierre del 2003 podrían hacer falta tres y medio.

Una de las consecuencias inmediatas de esta crisis ha sido el aumento en la deserción escolar y en la participación laboral femenina, niños y madres obligados a incorporarse a algún tipo de actividad informal para ayudar en la subsistencia del hogar. Es así como según las cifras del INE entre 1998-2002 el número de familias con desertores escolares se incrementó en 33%, mientras la tasa de participación laboral femenina llegó por primera vez al 50%, luego de haber promediado 37% entre 1990-1995.

Estas nuevas migraciones sociales, esta vez desde la escuela y el hogar hacia el mercado laboral, han provocado una presión adicional sobre la oferta de trabajo y el sector informal. Al final del día, tenemos un sector formal cada vez más pequeño, y un sector informal que, sufriendo por igual la contracción en la actividad económica, se ve obligado a absorber a los nuevos entrantes, a quienes son expulsados de la economía formal, a los niños que desertan del colegio, y a las madres que se ven obligadas a trabajar. Este peso excesivo continúa deprimiendo el salario promedio del sector, pues la torta se está haciendo cada vez más pequeña, y cada vez son más quienes vienen a comer.


Miguel Angel Santos

Profesor del IESA