SE HA VUELTO FRECUENTE por estos días el uso de la palabra `boom´ cuando alguien se refiere al escenario económico que prevalecerá en el país en los próximos dos o tres años. El crecimiento económico que registrará el BCV para el cierre del año, la disminución de la conflictividad política que siguió al 15A y que probablemente se reafirme a partir del 31O los precios petroleros y las perspectivas de ese mercado a mediano plazo, el correspondiente aumento en el gasto público, las tasas de interés reales negativas, los dólares baratos obtenidos para importaciones y repatriación de dividendos, y la mayor estabilidad cambiaria, son los pasillos a través de los cuales la expresión `boom´ ha encontrado cauce hacia el pensamiento y discurso de una parte del sector privado venezolano.

Uno a veces escucha el discurrir de estas conversaciones, que suelen pasearse de manera circular por uno o varios de los argumentos mencionados, y no puede menos que sentirse, para utilizar una metáfora de José Ignacio Cabrujas, como aquél que se apareció en la última cena preguntando quién iba a pagar la cuenta.

Y ES QUE NO HAY NADA nuevo en lo que nos está ocurriendo en materia económica, nada que no nos haya pasado varias veces en los últimos 30 años, acaso lo prolongado del alza del precio del petróleo, pero ninguna diferencia en lo que respecta al carácter estructural. La secuencia ya es conocida: Aumentan los precios petroleros y el Gobierno inyecta esa renta en la economía nacional. Las empresas con capacidad instalada ociosa empiezan a reaccionar al impulso fiscal. El flujo de dólares proveniente de la exportación de petróleo se utiliza para financiar o bien fuga de capitales, o importaciones baratas que a su vez restringen el impulso al crecimiento que genera el Gobierno. La devaluación empieza a quedarse por detrás de la inflación, y nuestros productores (no petroleros) cada vez son menos capaces de competir en los mercados internacionales. La sobrevaluación propicia un ambiente de baja inflación y relativamente bajo crecimiento. Esta secuencia hace cada vez más dependiente a la cuenta corriente de la balanza de pagos y a las cuentas fiscales de la factura petrolera. Si el alza en los precios petroleros se prolonga, se agota la capacidad ociosa del sector manufacturero privado, y como no hay nueva inversión, empiezan a aparecer presiones inflacionarias. En algún momento del ciclo los precios petroleros se debilitan, y el Gobierno amanece con un nivel de demanda de divisas (para importaciones y fugas de capitales) que no puede cubrir, y un gasto público que no puede financiar, lo que
provoca grandes devaluaciones que resultan terriblemente empobrece-doras.

ESTE CICLO EN EL MOMENTO actual coincide con la secuencia sufrida tantas otras veces, pero ahora los fundamentos son más graves. La inversión privada por habitante se encuentra en su punto más bajo desde 1940. Aún este ingreso petrolero no alcanza para saciar el apetito de gasto, haciendo necesaria la extensión indefinida del IDB, la emisión de más deuda, las presiones sobre el BCV para la entrega de más utilidades cambiarias, y el aumento en las regalías petroleras. Por todas estas razones ese colapso anunciado aquí no llegará con el petróleo a 6 o a 7 dólares por barril, como ocurriera otras veces, sino mucho más temprano. Son los mismos tambores que sonaron en otros desfiles venezolanos, la misma concepción de la actividad petrolera que apareció en 1943, los mismos políticos pero con otros nombres, la misma ausencia de inversión en la actividad productiva no petrolera, el mismo petróleo, sobre la misma tierra.

Miguel Ángel Santos