La última discusión absurda que se ha puesto a rodar en Venezuela en materia económica es si conviene o no que al bolívar se le quiten tres ceros. Sobre este tema central están circulando por allí variaciones de toda índole. La más pesimista advierte sobre una posible réplica de las políticas implementadas en la etapa más temprana de la revolución cubana, cuando el Ché Guevara fungía como Presidente del Banco Central de Cuba, que efectivamente culminó por confiscar una fracción importante de las tenencias de dinero de los ciudadanos de la isla. De allí se pasa a la más ingenua de todas, según la cual esta reforma le daría estabilidad al bolívar y contribuiría definitivamente a combatir la inflación.

La reforma monetaria según la cual se le quitan ceros a la moneda local y se le rebautiza con el nombre anterior antecedido de la palabra “nuevo” (“nuevos bolívares”) tiene bastantes antecedentes en economías inflacionarias de América Latina. Quizás ese sea el primer punto a destacar: Este paso normalmente ocurre luego de un período de alta inflación, cuando el gobierno decide romper con el pasado e implementar un conjunto de políticas económicas orientadas a frenar ese fenómeno, utilizando como ancla para las expectativas la creación de una nueva moneda. Quizás el hecho de que la discusión efectivamente haya tenido lugar es un primer signo de que representantes del gobierno reconocen que estamos en una economía de alta inflación. Aparte de las referencias ajenas a nosotros (República Dominicana y Haití), el resto de la región ha logrado estabilizar su inflación alrededor de un dígito, mientras Venezuela se sigue moviendo entre 20% - 22% a nivel del consumidor y entre 26% - 30% a etapas anteriores de la cadena de producción (por mayor, manufactura privada).

¿Cómo se hace esa reforma? Normalmente se permite un período de convivencia entre ambas monedas, en donde los consumidores observan los precios en ambas denominaciones, mientras se le da tiempo al público en general de que se acostumbre y oportunidad de que cambie sus tenencias de dinero “viejo” por “nuevo” a la tasa determinada.

¿Eso sirve para estabilizar la inflación? La verdad es que eso, sólo eso, no sirve para nada. Como se dijo anteriormente, ese proceso debe venir acompañado de un conjunto de medidas (reformas) específicas orientadas a bajar la presión inflacionaria, que frecuentemente rompen con el esquema que se venía siguiendo anteriormente.

¿Eso puede pasar en Venezuela? Rodrigo Cabezas enfatizó la semana pasada “¿a quién se le ocurre concluir que una reforma del sistema monetario es decir cuántos ceros o equivalentes deben eliminarse?”. A unos cuantos Rodrigo, ese es el problema, que se le ocurre a unos cuantos. Se le ocurre a los que andan proponiendo cambiar la moneda por un lado, y por el otro siguen persiguiendo al Banco Central de Venezuela para que les entregue las utilidades resultantes de la revaluación del oro, en dinero constante y sonante. Se le ocurre a quienes diseñaron el Presupuesto Nacional 2005 con un déficit de 5.1% del PIB, y entre los mecanismos de financiamiento incorporaron 2.9 billones de bolívares provenientes de utilidades cambiarias.

A esos son a los que se le ocurre que una reforma monetaria tiene algo que ver con quitarle ceros a la moneda. Dicen por ahí que la locura consiste en que hacer lo mismo y esperar resultados diferentes. En este caso, si seguimos haciendo lo mismo, lo único que cabe esperar es que dentro de diez años tengamos que quitarle a la moneda otros tres ceros, como si lo inflacionario fuese el signo monetario y no las políticas.

Miguel Angel Santos