Según James Bonet (“Robándole fuego a los dioses”), una forma de iniciarse en el complejo arte de construir historias y guiones consiste en escuchar conversaciones al azar e ir armando, con base en lo poco que se escucha, en el contexto, y en los puentes que vaya tendiendo la imaginación, cierto argumento y ciertos personajes que luego puedan cobrar vida propia. Todo esto me vino a la mente en un café cerca de la esquina de Carmelitas, a raíz de una cordial conversación que sostenían allí dos personajes que llevaban algún tiempo sin verse.

“Todo eso está muy bien, pero ¿a ti no te preocupa lo que está pasando, la pérdida de autonomía del Banco Central?” “La discusión sobre la autonomía es irrelevante dentro de un régimen económico socialista, en donde las instituciones están supeditadas al sistema; primero el régimen que sustenta el sistema, luego la institución. ¡Mayor coherencia imposible!”

Todas estas ideas le surgen a flor de piel, es uno de esos fast-thinkers fast-talkers, genero peligroso cuando se trata de persuadir, de convencer, de resaltar bondades. De hecho, en la medida en que progresa la conversación, lo que más me llama la atención es la capacidad de esta evidente inteligencia para encontrarle sentido ya no sólo al modelo (al “sistema”) sino a su propio rol dentro de él.

“Esto no tiene nada de abstracto, aquí el Presidente sugiere líneas de investigación, políticas públicas, y nosotros analizamos las dificultades de implementación, las experiencias de otros países, y nuestra opinión se toma muy en cuenta a la hora de las decisiones. Ahora mismo estamos trabajando en el desarrollo de modelos de equilibrio macroeconómico con mecanismos de asignación centralizada de recursos, en particular estudiando la eficiencia de los cupones como sustitutos o complementos del dinero”.

“¿Cupones? ¿Tú me estás hablando de comunismo?” A lo que el otro responde, con la misma rapidez: “No me digas que tú estás entre los equivocados que piensan que va a seguir el reformismo, ¡aquí lo que viene es la revolución!”.

Más adelante llegó el clímax de esta breve historia: “El paquete de beneficios es muy bueno, pero además tienes muchas otras ventajas… La gente dice que esta zona es peligrosa pero qué va, igual nosotros pedimos comida de los restaurantes que quedan alrededor y aquí hay mesoneros que nos la sirven en el escritorio, o en la sala de conferencias”.

Ahí está lo que Bonet llama “la fuente última de unidad en la historia” (the ultimate source of unity), lo que le da coherencia al conjunto y resuelve el dilema. Muchos piensan que toda esa gente que se ha enriquecido durante estos años no permitirá que aquí se instale un sistema socialista, acaso “en transición” (como bien dice la exposición de motivos de la reforma) al comunismo. Es un pensamiento tranquilizador que no tiene asidero real, pues les impone una coherencia que jamás han tenido: El socialismo no será para todos. En la despedida, el perplejo interlocutor deja caer una de esas frases que se pronuncian con la intención de que se queden ahí, flotando en el aire: “¿Tú sabes de algún lugar en donde estas ideas hayan sido un éxito?” A lo que el otro responde: “Más nos vale que aquí lo sean”.

Miguel Ángel Santos