Ha vuelto a la mesa el tema de los tres ceros y el rebautizo de nuestra moneda (“nuevo bolívar”). Esta discusión, aunque en esencia es igual de absurda e inútil que la dirección hacia donde corre el caballo en el escudo nacional, tiene una capacidad mayor para generar confusión.

En principio, para modificar el signo monetario sólo se requiere imprimir monedas y billetes de nueva denominación, y establecer la razón a la cual se equivalen e intercambian por los viejos bolívares. A partir de ese momento, se establece un período en donde ambos circulan de forma simultánea, así como también una fecha límite para el intercambio de las monedas y billetes de la vieja denominación por la nueva.

¿Para qué sirve todo esto? La verdad es que por sí solo sirve para muy poco. Los cambios en los nombres de las monedas han sido utilizados en América Latina para acompañar a procesos de reforma estructural y ajuste macroeconómico, con la intención de provocar un efecto psicológico. La intención es complementar así el cambio en las expectativas que se busca producir con la introducción de las nuevas políticas. Este proceso de cambio y reforma estructural, al menos hasta ahora, no está planteado en el caso de la economía venezolana. Como una buena parte de las cosas que han ocurrido desde 1998 hasta hoy, esto se trata de un cambio de nombre sin esfuerzo alguno porque el objeto se convierta en algo diferente a lo que venía siendo.

Rodrigo Cabezas comentó la semana pasada que “la columna vertebral de una reforma monetaria es la eliminación de algunos ceros a la moneda”. Como si el problema fuese de nombres o de ceros, y no de políticas. La auténtica columna vertebral de una reforma monetaria consiste en darle verdadera autonomía al Banco Central. Consiste en promover disciplina fiscal, para evitar los crecimientos de 45%-50% en la liquidez que se han producido en los últimos tres años. Consiste en promover un ambiente más propicio para la inversión y el desenvolvimiento de la actividad económica privada. Esas y muchas otras cosas de fondo conforman los elementos más tradicionales de una reforma monetaria.

Una auténtica reforma monetaria no puede ser exitosa si no existe credibilidad. En nuestro caso, que exista credibilidad es muy difícil, pues los promotores tienen siete años sacándole al Banco Central utilidades cambiarias, utilidades derivadas de la revaluación del oro, más 5.000 millones de dólares (“como evento único”). Siete años alcahueteando invasiones, coqueteando con el concepto de propiedad colectiva, indiferentes ante la ausencia absoluta de inversión privada. Siete años de déficit en medio de una bonanza petrolera. Con este panorama, dentro de diez años volverá a ser necesaria una nueva mutilación de ceros.

Para lo que sí sirve esta reforma es para entretener, para confundir, acaso para alardear de que se la ha lavado la cara a Bolívar y de que ahora se intercambiarán “sólo” 2,15 “nuevos bolívares” por dólar. Mientras tanto, hay que correr con los costos del mero intercambio de moneda: Imprimir y sustituir todo el efectivo en circulación, cambiar la legislación (ejemplo: redefinir la unidad tributaria), regular la administración y el cambio de los contratos, y muchas otras cosas (cambiar todos los menús de precios). Como si el país no tuviese otras urgencias, como si no hubiese otras prioridades.

Intentar convencer a los venezolanos que un cambio de ceros y de nombre, un delete, un find and replace en el procesador de palabras, es suficiente para provocar una disminución de la inflación es subestimar el más puro sentido común. Como si cambiarle el nombre a un asesino y lanzarlo a la calle fuese suficiente para evitar que continúe matando gente.

Miguel Ángel Santos