Ahora viene el rebautizo de la moneda, la supresión de los tres ceros. Esa es la última moda, el nuevo nombre, la próxima gran reforma de la revolución. Vuelvo sobre mis archivos de prensa para acordarme de cuándo se trajo este tema a la mesa por primera vez: Noviembre, 2004. Desde entonces no se había mencionado. Así funciona la revolución, por aproximaciones sucesivas: La primera vez que se habló del “millardito” fue en Mayo de 2004. Las primeras transferencias aparecieron en los balances del BCV en Septiembre de 2005. Para ese momento, el “millardito” inicial se había convertido en 2.828 millones de dólares. Al cierre de Mayo 2006 ya totaliza 10.056 millones de dólares. El gobierno actúa por oleadas sucesivas, juega al cansancio, agota a la opinión pública. Para qué negarlo: Está claro que las voces de quienes se oponen a estos dislates están ahogadas en la liquidez, en la ilusión de abundancia. El gobierno diseña su estrategia a partir del “no vale, no creo… eso ya sería demasiado”. Pregúntenselo a Maza Zavala, quien ha seguido la parábola completa varias veces. Después del “eso no se puede”, se pasa al “esto lo podemos arreglar conversando”, de allí al “estamos cerca de llegar a un acuerdo, es simplemente un tema de criterios”, y de allí al fait accompli.

La eliminación de los tres ceros es eso, no es más nada. Es llenarse la boca diciendo que una arepa y un jugo ya no cuestan siete mil bolívares, sino siete. Asociar esa mutilación, esa mera certeza contable, con una reforma monetaria, es pensar que engraparle el estómago a un gordo lo podría convertir en campeón de salto con garrocha. Todos los antecedentes de este fenómeno en América Latina han venido acompañados por paquetes de reforma fiscal, monetaria y cambiaria, dentro de los cuales el cambio de nombre es apenas una forma psicológica. Quienes después de hacerlo siguieron comportándose de forma similar terminaron generando una nueva ola de nombres, y eventualmente salieron expulsados.

En nuestra economía no existen signos de reforma de este tipo. La reforma monetaria no es compatible con la política de saquear de forma progresiva, en épocas de abundancia y con la anuencia de sus directores, al Banco Central de Venezuela. La reforma fiscal no tiene que ver con este persistente déficit en las cuentas públicas que han exhibido siete de los últimos ocho años. La reforma cambiaria no puede convivir con la sobre-valuación descarada para favorecer las importaciones en detrimento de la producción local.

Si bien la eliminación de los tres ceros no tiene posibilidad por sí sola de generar cambio alguno en las expectativas y en los resultados de nuestra economía, sí tiene un inmenso potencial para producir confusión. Las versiones que circulan en la calle van desde la más pesimista, que advierte sobre una posible réplica de las políticas del Ché Guevara durante su período como Presidente del Banco Central de Cuba; hasta la más ingenua, según la cual esta reforma le daría estabilidad al bolívar y contribuiría definitivamente a combatir la inflación.

Esta es otra de las prácticas de la revolución. Propaga un intenso pánico, que luego deja lugar al sentimiento de que aquí no ha pasado nada. En este caso, ese es precisamente el problema: Ese esfuerzo, esa tremenda confusión, los costos de todo ese proceso, en el mejor de los casos, no van a producir ningún cambio perceptible. La inflación viene dada por la variación de los niveles, no por el tamaño de los niveles en sí. Lo inflacionario son las políticas y quienes las implementan, no los nombres de las monedas. ¿Podría esta reforma ser utilizada para alguna otra cosa más allá de la que nos han vendido? No vale, yo no creo.

Miguel Angel Santos