El año que viene será testigo de la introducción del “bolívar fuerte”. Se decretará la vuelta de la locha y del marrón (es un hecho que los nuevos billetes de cien bolívares serán de ese color). Sigue la fiebre de rebautizarlo todo, de convencernos de que existimos desde 1999; seguimos invirtiendo enormes sumas de dinero en cosméticos, pues no hay nada que indique que los patrones estructurales detrás de la persistente inflación venezolana vayan a cambiar.

Experiencias de reformas monetarias hay muchas. Por eso uno escucha por estos días alusiones, según la conveniencia política, a casos exitosos y a fracasos estruendosos. El problema es que nuestro caso tiene mucho más en común con estos últimos. Los cambios en la denominación suelen acompañar esfuerzos por transformar la economía, y representan tanto una medida práctica para mantener las magnitudes contables dentro de ciertos límites, como un esfuerzo por promover una nueva psicología, unas expectativas distintas en relación con la economía. Siendo así, la credibilidad representa un elemento clave de toda reforma monetaria. Aquí quien la implementa es el mismo que lleva acumulados ocho déficit fiscales en nueve años de bonanza petrolera, quien mantiene un ataque frontal contra el sector privado, quien sigue trasladando reservas a fondos en el exterior sin ningún mecanismo formal de rendición de cuentas, quien promueve la brecha entre el tipo de cambio oficial y el paralelo para beneficiarse de la devaluación sin devaluar.

Introducir una nueva moneda y seguirse comportando como antes de hacerlo nos pone en presencia del peor de los dos mundos: La reforma no tiene ninguna posibilidad de reducir la inflación pero mantiene intactas sus propiedades como gran generador de confusión. Los primeros meses del próximo año tenderán a presentar aumentos de precios algo superiores a lo que se viene registrando, mientras los agentes se acostumbran a la nueva denominación e incorporan los efectos de su introducción a los precios. En los casos de bienes prepagados en una moneda y consumidos en otra, es necesario convertir ambas magnitudes a bolívares fuertes, y tomar en cuenta el hecho de que entre el pago y el consumo habrá ocurrido un cambio en el valor del dinero en el tiempo, más allá de la simple conversión entre ambas monedas. Quienes hagan cheques en la vecindad del fin de año deberán poner un esmero particular: Los cheques serán pagados a partir de enero en bolívares nuevos, y se supone que su valor corresponde a la denominación de la moneda que prevalecía en la fecha de elaboración. Si hace un cheque por 1.000 bolívares el 30 de diciembre, el receptor que acude a la taquilla el 2 de enero recibirá 1 bolívar fuerte. En resumen, habrá un tiempo de reacomodo, que dará lugar a discusiones, negociaciones y ajustes; y durante ese período los precios presentarán una volatilidad mayor a lo normal. Normalmente quienes los fijan funcionan de acuerdo con la vieja máxima de Richard Nixon: Hope for the best, but plan for the worst. Se ha hablado mucho de lo positivo que resultará decir que ahora un dólar vale 2,15; pero no se dice que si eso es cierto también será más fácil subir el precio de un café (marrón) de 2 a 3 bolívares (en lugar de 2.000 a 3.000).

A esta misma altura del año pasado a la autoridad monetaria de Zimbabwe se le ocurrió introducir una reforma monetaria, que acompañó con una conveniente y oportuna devaluación de 50%. La inflación acababa de superar 1.000%, y la reforma se vendió como la panacea para controlar la inflación (“hasta niveles de un dígito”) y contribuir a hacer de Zimbabwe la economía más atractiva del continente africano. No faltó la propaganda patria basada en un conjunto de slogans infantiles: “de cero a héroe” (“from zero to hero”), “respaldando el valor de la moneda en el país de los héroes”. Un año después, el gobierno continúa imprimiendo dinero (del nuevo) para financiar el gasto, y la inflación ya supera 4.000%. ¿Con la nueva moneda? Sí, porque la inflación es un problema de variación, no de nivel. Venezuela no es Zimbabwe, no al menos mientras nos sigan cayendo 60.000 millones de dólares al año. Siendo así, lo mejor que nos podría pasar es nada: Si de repente el país se paralizara y un duende sustituyera los precios viejos por los nuevos, los salarios, los billetes en nuestros bolsillos, las cuentas bancarias, las deudas de tarjetas de crédito, y la unidad tributaria, todos con tres ceros menos; al reanudarse la actividad todo quedaría exactamente igual. Difícilmente será ese nuestro caso.

Miguel Ángel Santos