¿Cuál es el hombre? No sé quién es, menos aún como se llama. Se encuentra a las puertas de La Marqueseña cuando llega allí, acaso con el ánimo exaltado ante la posibilidad de convertirse en héroe circunstancial, el representante del INTI. Este último va camino a la puerta de la Agropecuaria, saludando a los curiosos, como si estuviese haciendo una visita política, como quien viene a cortar una cinta en un acto inaugural. Allí lo está esperando una concurrencia formada por los trabajadores de la Agropecuaria y sus familias, con el hombre a quien me refiero en el centro. En la televisión se observa al representante del INTI sonreír de manera forzada. Procurando transmitir una confianza que ha perdido desde el momento en que empezó a caminar hacia la turba, promete “los vamos a proteger, les vamos a dar seguridad social, salud…”, pero el hombre no lo deja continuar. Le planta cara, y sin gritar, pero no sin firmeza, le responde: “¡Nosotros no queremos nada de eso, lo que queremos es trabajo¡. ¡Trabajo!. ¡Que nos dejen seguir trabajando!”. El representante del INTI espera unos segundos. No sabe que decir. Levanta el brazo, y se lo pone en el hombro al hombre, esforzándose por ser cálido, pero sin ninguna convicción: “Van a tener trabajo, lo van a seguir teniendo”. Pero el nuestro no cae: “¿Si? ¿Para quién? ¿A quién le vamos a trabajar?. Pausa. “¿A quién?”, vuelve a preguntar. Y aquí termina la brevísima excursión del representante del INTI: Sin saber que decir, baja la mano del hombro del hombre y, sin dejar de sonreír forzadamente, se retira.

En esta escena, que de tanto repetirla ya uno la percibe como gris, es como si hubiese aparecido de repente algo de luz. El trabajador que reacciona ante la promesa del paraíso, el que no se termina de creer que partir esa Agropecuaria en 80 pedazos y repartirla entre igual número de familias sea tan bueno como parece. El que se cansó de escuchar promesas.

Por simple asociación, se me vino a la mente el libro de Hannah Arendt, Hombres en Tiempos de Oscuridad . Allí la filósofa alemana se pasea por la vida de un conjunto de hombres de ideas a quienes les tocó vivir en épocas de catástrofes políticas y desastres morales, estudiando sus mecanismos no sólo de supervivencia, sino de aporte clandestino a la sociedad que sucedió a esos tiempos de oscuridad. La caracterización de estos tiempos desnuda la extraordinaria coincidencia de los códigos utilizados por quienes gobiernan naciones en tiempos de oscuridad.

“Si la función del ámbito público es iluminar los asuntos de los hombres, ofreciendo un espacio donde pueden mostrar en actos y palabras quiénes son y qué pueden hacer; entonces la oscuridad se extiende en el momento en que esta luz se extingue por las lagunas de credibilidad y por un gobierno invisible, por un discurso que no descubre lo que es , sino que lo esconde bajo la alfombra mediante exhortaciones morales, y otras que, con el pretexto de defender antiguas verdades, degrada toda la verdad a trivialidades carentes de significado”. Ahí está el discurso de la ONU, moralista, pero saltándose a la torera la necesaria referencia a Chile y Panamá, únicos países en lograr la meta de reducir la pobreza crítica a la mitad en diez años (1990 y 2000).

Pero no hay que olvidar que las naciones también cuentan con hombres de luces. A diferencia de los intelectuales y hombres de ideas a los que se refiere Hannah Arendt, el miércoles pasado la luz me vino de un hombre del pueblo, de un trabajador común. Pequeños sucesos como este ayudan a mantener la esperanza de que, ya que nos ha tocado la desgracia de vivirlos, nos llegué también la bendición de ver surgir verdaderos hombres en tiempos de oscuridad.


Miguel Ángel Santos