La capacidad – quizás la suerte – con que cuenta Venezuela para lidiar con la adversidad no tiene límites. Es como si desde 1978 el país hubiese vivido en una carrera permanente tratando de escapársele a la suerte, corriendo desbocado hacia la pobreza y el subdesarrollo, pero siempre teniendo relativamente cerca la posibilidad de ser distinto. Es quizás por eso que uno ha escuchado, demasiadas veces también, que Venezuela sigue siendo el país con el mayor potencial de América Latina.

Veamos por ejemplo algunos indicadores del desempeño económico de estos últimos cinco años. Sin adjetivos. Venezuela cerró el año 2003 con un nivel de producción de bienes y servicios 18.3% menor que en 1998, lo que produjo una caída en el ingreso real por habitante de 26.1% en ese mismo período. El año pasado la inflación reportada por el índice de precios al consumidor (IPC) fue 27.1%, la más alta de América Latina y, junto con Uruguay, las dos únicas inflaciones de dos dígitos. En el caso de Venezuela, sin embargo, un tercio de la canasta de bienes que se utiliza para estimar el IPC se encuentra controlado, por lo que la variación de 27.1% no es del todo representativa de los niveles de precios que están enfrentando los venezolanos. El núcleo inflacionario y el índice de precios al por mayor, en 37.5% y 48.8% en el 2003, son mejores indicadores de la verdadera pérdida de poder adquisitivo. La devaluación en estos cinco años, si se toma en cuenta la tasa de cambio en el mercado oficial, alcanza 240%, 458% si se toma en cuenta el mercado paralelo (Chávez comenzó su período a 564.5 bolívares por dólar). La deuda interna del gobierno ha aumentado aproximadamente 980%, 324% cuando se corrige por inflación y se expresa en términos reales. Este gigantesco aumento en la deuda pública interna ha ocasionado que el índice de deuda total como porcentaje del tamaño de la economía (PIB) suba de 27.0% a 41.7% en estos cinco años (la deuda externa “apenas” ha aumentando aproximadamente 17%). Y todo esto en medio de cinco años de precios petroleros bastante favorables.

Estos resultados macroeconómicos han producido en estos cinco años un aumento de 10% en las cifras de pobreza absoluta y una cifra similar en pobreza crítica, bien sea reportado por el INE (aumento de 45% a 55% para la pobreza absoluta) o por el Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la UCAB (de 62% a 73%). Cabe decir también que Venezuela cerró el año 2003 con los niveles de reservas internacionales más altos de nuestra historia (22.300 millones de dólares), por lo que quizás nunca haya sido más cierto aquello del país rico habitado por gente pobre.

Y, sin embargo, cuando uno observa la posición relativa de Venezuela en América Latina y nuestros indicadores externos, uno no puede dejar de concebir cierta esperanza. ¿Por qué? Por ejemplo, si bien el índice de deuda a tamaño de la economía ha subido de 27.0% a 41.7%, este último nivel no es exageradamente alto en términos comparativos, encontrándose mejor que Argentina (114.8%), Brasil (83.4%), Colombia (61.1%), y relativamente por debajo de Chile (14.9%) y México (37.2%). En otras palabras, Venezuela no tiene un problema de tamaño de su deuda ni de solvencia, sino de recaudación fiscal no petrolera significativa y estable. Cuando se escucha a los economistas decir que ha aumentado la liquidez como consecuencia del control de cambio a 20.1% del PIB, y que eso trae presiones inflacionarias, a uno le parece que esa liquidez es excesiva (la liquidez aumentó 57.8% el año pasado). Pero cuando se mira el índice de liquidez a tamaño de la economía (PIB), se encuentra con que países en donde existe mucho más confianza en las autoridades monetarias, en el sistema político y en la política económica, funcionan con niveles de liquidez de 40.8% (Chile) y hasta de 50.1% (México). En otras palabras, el nivel de liquidez venezolano es alto para las pésimas expectativas que existen en la economía, pero bajo en relación con otros países en donde existe más confianza.

Esta baja monetización (liquidez/PIB) relativa abre espacios para una amortización acelerada de la deuda interna (con base en deuda externa), pero en un ambiente de expectativas y de confianza más favorable. Adicionalmente, Venezuela tiene un inmenso cupo de financiamiento en los organismos multilaterales para programas sociales, que este gobierno apenas ha utilizado marginalmente por carecer de la experticia, la capacidad técnica, la ejecución, y la constancia necesarias para gestionar créditos a esos niveles. Por último, la depresión del aparato productivo privado venezolano ha dejado una capacidad ociosa gigantesca, puestos de trabajo creados pero no ocupados, que en un ambiente de credibilidad y confianza en las autoridades podría ser la base de un crecimiento acelerado de corto plazo, un fenómeno similar al ocurrido en los primeros años del Perú de Fujimori.

En definitiva, tenemos un país en acelerado deterioro económico y social, pero que todavía no se las ha arreglado para escapar de la persecución de la suerte, de las oportunidades, del desarrollo y del crecimiento. Esta vez, sin embargo, estamos cerca. Estamos ante una oportunidad única, no sé si última, de voltearnos hacia la suerte y producir ese cambio que puede regresarnos a la civilización y ponernos en la senda del desarrollo.

Miguel Angel Santos