Para ser franco, no se me ocurrió a mí. Lo escuché por encima del hombro, en un descuido, una de esas tantas frases sueltas de conversaciones ajenas que nos alcanzan por azar. Ha pasado ya una quinta parte de los famosos cuarenta años, un quinto de ese período que los ocupantes del poder llaman la cuarta república. No cabe duda de que el tiempo es una medida caprichosa de la vida. Como diría Adriano: “Quince años en el ejército duraron menos que una mañana en Atenas”. Y que conste, el emperador gobernó y pensó siempre en griego, no dijo eso porque las mañanas allí le pareciesen particularmente aburridas. Así, cada quien tiene su propia cronología. Según la mía, cuando lo escuché (ahora me parece que vino de Carlos Hernández Delfino), me sorprendió que hubiese transcurrido tanto tiempo.

Ahora bien, decir cuarenta años también es un capricho. Después de todo, es difícil argumentar que alguien podría estar cansado o desilusionado por el desempeño económico y social de Venezuela durante los primeros veinte años de esos cuarenta. En ese período, entre 1959-1978, la tasa de crecimiento anual de nuestro ingreso por habitante promedió 2,1%; la inflación fue de 3,6% anual (en Estados Unidos, en esos veinte años, fue de 4,2% anual). Esa estabilidad de precios hizo posible la preservación del valor de nuestra moneda, que se devaluó 1,5% en promedio anual (en realidad, en esos veinte años ocurrió una sola devaluación, 30% en 1964, de 3,30 a 4,30 bolívares por dólar). Para el cierre de 1978, tanto el desempleo (4,3%) como la informalidad (31,6%) alcanzaron sus niveles mínimos en nuestra historia.

No cabe duda de que el cansancio, la desilusión y la decepción que desembocó en la involución de 1999 no corresponde a cuarenta años, sino más bien a veinte, a los veinte que van entre 1979 y 1998. Es a partir del propio primer año del gobierno de Herrera cuando los desequilibrios gestados por Pérez, ocultos hasta entonces tras la bonanza petrolera, dieron al traste con nuestra armonía. En esos veinte años Venezuela registró una pérdida promedio de su ingreso por habitante de 0,8% anual, con una inflación promedio de 34,7%, y una devaluación de 34,0%. Al finalizar 1998 el desempleo alcanzó 14,5% y la informalidad se había montado en 49,6%.

El récord en materia de política económica de estos últimos ocho años se parece bastante al de esos veinte años que le dieron origen. En el fondo está la misma concepción todopoderosa del ingreso petrolero y el desprecio por la inversión y el empleo nacional. En medio de una prolongada bonanza petrolera el ingreso por habitante ha crecido 0,6% anual, la inflación ha promediado 19,2%, la devaluación registrada en la tasa de cambio oficial es de 20,2% anual, 30,3% si se considera la tasa paralela. La informalidad se mantiene en 47,9%, y el desempleo, ayudado por la estratagema de considerar inactivos a los receptores de las misiones educativas, se encuentra en 8,9%. Mientras tanto, todos los desequilibrios que inauguraron nuestro fracaso social a partir de 1979 siguen allí, ocultos como entonces, tras la bonanza petrolera. Tomó veinte años de deterioro sostenido llegar a 1999. Es difícil saber cuánto tomará esta vez. Van ocho.

Miguel Ángel Santos