Lo he ido notando poco a poco, aunque en buena medida ha sido imperceptible. Venezuela escala posiciones en las propagandas de los cyber-cafés y locutorios de las grandes ciudades del mundo. Ya estamos ahí, junto a Ecuador, Bolivia, Rumania, Bangladesh y Pakistán. A céntimo el minuto. Es la contrapartida de ese ejército que ha ido creciendo de igual forma, lenta pero sostenida. Son esos mismos que deambulan en las noches por los pasillos virtuales de Twitter o Facebook, lanzando botellas al mar. Hay cada vez más. A pesar de nuestra tradición individualista los números se imponen, y aunque quizás nunca llegue a tomar forma un equivalente de la Hermandad Gallega o el Hogar Canario, a donde los venezolanos exiliados puedan acudir para ofrecer ayuda y ser ayudados, ya empiezan a asomar algunas organizaciones informales. Nos cuesta esa sociedad. No estamos hechos para eso.

En Venezuela siempre ha predominado cierto desdén hacia aquellos que emigraron del país. Ese mismo desdén que, apenas alguien rompe cierta barrera y destaca, en esa lógica de pensamiento no lineal que nos rige, suele transmutar en admiración. Tengo para mí que tras la difícil migración de los trabajadores expulsados de PDVSA, esos que hoy habitan los dominios de Petrolia (Luis Pacheco dixit), ha cambiado en algo esa percepción. Ahora existen sentimientos encontrados. Me llama la atención el contraste entre esa actitud y la de otros países como España o Italia. Me viene a la mente de inmediato mi abuelo Ángel Navarrete, que solía religiosamente pasar a visitarnos tras retirar el cheque de su pensión, ya no sé si en Correos (cuando existía) o en el Consulado de España. Resulta curioso que, a pesar de la enorme dificultad fiscal que atraviesa España por estos días, a nadie se le haya ocurrido dar al traste con las transferencias a los emigrantes españoles. Es una medida que, si uno lo piensa bien, debería tener un costo político relativamente bajo y quizás aún podría llegar a ser atractiva. Pero aquí prevalecen dos convicciones. Primero, el gobierno debe velar por el bienestar de sus ciudadanos, no sólo de los que viven en el territorio nacional. Esta es una idea poderosa sobre la que tendremos que volver más adelante (como sociedad, quiero decir, no soy de los que disimula la propaganda del ego utilizando el plural). Segundo, existe cierto sentimiento de deuda hacia aquellos que se vieron obligados a abandonar su país en búsqueda de mejores condiciones de vida.

En cualquier caso, no deja de ser curioso que para muchos de los hijos de aquellos que vinieron en tiempos difíciles la marea haya reversado. Había empezado esta nota con la intención de comentar algunas investigaciones recientes acerca de las ventajas y desventajas de la fuga de cerebros (para el país de origen, se entiende). En su lugar, se me vinieron a la memoria un caudal de imágenes, en rápida sucesión, y las palabras de mi padre, llegado a América con apenas diecisiete años y a Venezuela hace más de cincuenta: “Se ha cerrado el ciclo. Recuerda siempre que, si yo he tenido alguna suerte en la vida, es que nadie me ha regalado nada”. Es así papá. A nosotros tampoco. Ni aquí, ni mucho menos allá.


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Miguel Ángel Santos