Este fin de semana Venezuela volverá a estar en esa encrucijada que conduce a Zimbabwe, o a Chile; a Cuba, o a Costa Rica. Otra vez allí, en un fin de semana, en unas mesas electorales y en medio de muchísimas dificultades, la inminencia del infierno y al mismo tiempo la promesa de la salvación.

En torno a esas dos posibilidades existen dos ideas a las que me gustaría referirme. En primer lugar, está la pregunta constante de si después de estos 20 y 5 años de incompetencia macroeconómica, Venezuela todavía tiene solución. La respuesta contundente es sí. El país ha sido endeudado salvajemente en épocas de altos precios petroleros, pero nuestra relación deuda al tamaño de la economía sigue siendo manejable. Nuestros gobernantes han despilfarrado la renta petrolera, pero la política de baja producción mantiene nuestra reservas en niveles saludables, y una política acertada de asociación para el desarrollo del negocio petrolero puede convertir a ese sector no en la base del populismo y las dádivas complacientes, sino en el verdadero motor del desarrollo. Nuestro aparato exportador privado es prácticamente inexistente, la actividad económica privada se encuentra muy deprimida y su recaudación es mínima; lo que abre un inmenso espacio para el desarrollo y la generación de una fuente de ingreso fiscal más estable y menos volátil que el petróleo. La incapacidad de nuestros gobiernos les han impedido acceder a fondos que se encuentran disponibles para financiar programas sociales, porque no hemos tenido la experticia, la constancia y la eficiencia para procesarlos ante los organismos multilaterales. Por eso la posibilidad de disponer de esos fondos sigue estando allí. El Estado ha sido tan incapaz a la hora de desarrollar las amplias posibilidades turísticas de Venezuela, que ese sector se encuentra prácticamente virgen, no explotado, disponible para generar crecimiento, empleo e impuestos a una administración con una visión más amplia que la simple voluntad a ultranza de permanecer en el poder. Estas son sólo algunas de las inmensas posibilidades que mantiene Venezuela.

¿Eso será fácil de conseguir? No, no será fácil. La tarea pasa por convencer, por persuadir a los supuestos beneficiados del proceso, que han sido ellos y no otros los más perjudicados. La tarea pasa por crear en el consciente colectivo la idea de que Venezuela no tiene por qué escoger entre quienes la saquearon por 20 años y quienes la están saqueando ahorita. Esa tarea supera la simple convicción que tienen algunos de nuestros líderes de que lo difícil no se puede comunicar, de que hace falta decirle al pueblo lo que el pueblo quiere, pasa por asumir, como dijera Oscar Arias, el verdadero rol de líderes políticos. Esto no tiene nada que ver con complacer a través de propuestas babosas e irrealizables, sino con persuadir y convencer sobre la conveniencia de ciertas políticas públicas.

Yo creo que por lo menos una buena parte de nuestras posibilidades de convertirnos en un país más predecible y deseable pasan por aquí. Richard Nixon, siempre controversial e introvertido, siempre en la búsqueda de una motivación para el trabajo, decía que en su vida la única cosa que lo había motivado a trabajar duro era embarcarse en una tarea mucho más grande y amplia que su propio horizonte de vida. Eso es lo que tenemos enfrente la mayoría de los venezolanos. Una inmensa tarea, una necesidad de ejercer el verdadero liderazgo, de persuadir y convencer, un compromiso permanente a mantener en nuestra visión un país diferente, un país de oportunidades. Venezuela sí tiene reparo.

Miguel Angel Santos