Este domingo Venezuela va a volver a empezar. Pase lo que pase, el país no se nos va a acabar. Es verdad que estas elecciones nos han puesto ante una encrucijada de caminos totalmente opuestos. Es verdad que nunca antes llegamos a escoger, de forma consciente, entre dos sistemas de gobierno con tan pocas coincidencias. Es verdad que nunca antes hubo menos certezas. Pero también es verdad que, cualquiera que sea el resultado, el ganador conseguirá en la acera de enfrente, puntos porcentuales más puntos porcentuales menos, a la otra mitad del país. Siendo así, más importante que el propio resultado será qué hacemos a partir del día siguiente.

Ahí es donde están los matices. En el imaginario de la oposición, en ese espectro diverso y ciclópeo capaz de elaborar las teorías conspirativas más retorcidas y ponerlas a circular a precio de certeza, existe cierta coincidencia acerca de cómo actuarían quienes hoy forman parte del gobierno en el evento de una derrota electoral. Luego de un breve período de reajuste y reacomodo, lanzarían una violenta ofensiva. Se apalancarían en las gobernaciones y alcaldías, en la Asamblea Nacional, en esa penetración de los poderes públicos que se ha extendido como un cáncer. Aún en caso de ser revocados, tendrían a su disposición las organizaciones, los canales y las redes que han establecido en las zonas populares; estarían alertas ante la menor equivocación, el menor traspiés. Se convertirían en verdaderos censores de la gestión pública. Existe en la oposición cierto consenso acerca de lo difícil que sería, del potencial desestabilizador de un grupo que, cuando está en el gobierno, es capaz de desestabilizarse a sí mismo y a todos los demás. Ya no digamos en la oposición.

Esa percepción no la tiene la oposición de sí misma. No existe esa actitud. No se piensa que igual somos la mitad del país; que, aún perdiendo, esa mitad, organizada políticamente, alcanza para mucho, entre otras cosas para exigir la renovación de la Asamblea Nacional, para promover una oleada de revocatorios a nivel de gobernaciones y alcaldías. La oposición no se percibe a sí misma tan guerrera, tan resistente, tan a prueba de todo. Acaso sea por eso que muchos plantean que esto es ahora o nunca, que el país nace o muere este domingo: Es la victoria o la mega-depresión nacional.

Una inmensa mayoría de la oposición ha pasado ocho años acomodándose, esperando que Chávez un día cualquiera se canse, se voltee y nos devuelva el país. A muchos nos aburre o nos desagrada la política y los políticos. Eso no es conmigo. Concéntrate en tu trabajo. Te metes en problemas tú, y nos metes en problemas a nosotros. Ese desprecio, ese pensar que esa tarea es de otros, es parte de la historia que nos trajo y nos mantiene aquí. Nos hace falta menos politiquería y más políticos, en el sentido que la Real Academia le confiere: Cortés, urbano, que interviene en las cosas del gobierno y del Estado.

Este domingo tenemos una inmensa oportunidad de hacer una diferencia con nuestra actitud y con nuestro voto. Esta no es la única, ni tampoco será la última. A partir del día después vendrán nuevas oportunidades de seguir escogiendo entre hacer dinero, o hacer una diferencia.

Miguel Ángel Santos