No recuerdo haber visto u oído en todos estos años aciagos ningún artículo u opinión sobre los efectos que tuvo para la república la interrupción del período presidencial de Carlos Andrés Pérez a sólo siete meses de su culminación. Esto se me antoja como una señal que arroja luces sobre algunas características de nuestra sociedad y de nuestro tiempo. Primero, acaso sea una prueba de que en efecto nos hemos dejado convencer de que Venezuela se inauguró con Chávez, y nada de lo que existía antes merece la pena reflexión alguna (nos da vergüenza decir algo bueno sobre aquella época). Segundo, es consecuencia del silencio que muchos de los que participaron en aquél denodado esfuerzo por sacar a Pérez y reivindicar a los golpistas de 1992, se ven obligados a guardar. Podría ser una evidencia más de nuestra vocación antipolítica y quizás también de nuestra obsesión con el presente, de esa necesidad infantil de reinventarnos todos los días.

Por estos días he dado con una copia del último discurso de Pérez en aquél mayo de 1993. Se me antoja una lectura obligada que resalta los contrastes entre aquellos días, que en su momento muchos imaginamos como los peores, y éstos, los de nuestra extraviada cotidianeidad. Hay allí cosas que indican que Pérez estaba mucho más claro que muchos acerca de los males que nos aquejaban y de lo que se nos vendría encima: “Ha revivido con fuerza indudable un espíritu inquisitorial y destructor que no conoce límites a la aniquilación, sea moral o política, que no desaparecerá porque se cobre una víctima propiciatoria”.

Ahora que lo vuelvo a leer, la parte que más me ha impresionado es aquella en donde describe la improbable asociación que se conformó para sacarlo del poder. “Nunca una coalición fue tan disímil. Cuando se retratan en grupo aparecen señalados con definiciones precisas de diversas etapas de la lucha política de los últimos cincuenta años. Rostros de derrotados o frustrados que regresan como fantasmas, predicando promesas mágicas de resurrección”. Basta con mirar el disímil destino que ha caído sobre sus integrantes para hacerse una idea de su variedad. Para algunos, el crimen trajo el castigo: han sido perseguidos y en algunos casos expropiados. Otros han pactado con Chávez de forma vergonzosa, para mantener sus parcelas económicas. Otros murieron políticamente (aunque siguen en la oposición), y otros se mantienen en el poder.

Creo que él nunca imaginó que la miseria de quienes le sucedieron lo reivindicaría a diario como demócrata. Basta con leer su renuncia, con considerar a la luz de hoy en día la posibilidad de que el Fiscal obligue al Presidente a renunciar, y éste se someta al dictamen y de un paso al costado. “He soportado de todo con la firme convicción de que, en democracia, siempre son preferibles los abusos de la oposición que los del gobierno”. Muchos de los que se empeñaron en derrocarlo, como me dijo alguien en estos días, no se daban cuenta de que serruchaban el piso en donde estaban parados. Pero ese era el espíritu de aquél tiempo, el linchamiento, el sacarle partido político a los golpes de 1992. “Hemos cambiado poco”. En ese vano afán se llevaron consigo a la democracia venezolana.

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Miguel Ángel Santos