Hay que reconocer cierta evolución en el evento Palabras para Venezuela. Ya no se trata de traer a Oscar Arias, a quien su trayectoria obligaba a disertar sobre la extinción gradual de la democracia en Venezuela, y ponerle enfrente a Mikhail Gorbachev, a hacer una defensa ciega del régimen con base en algún resumen ejecutivo leído a última hora. Esta vez, en plano más alto, se trataba de la fluidez del poeta Derek Walcott, de concentrarse en su lectura del capítulo XXV del tercer libro de “Omeros”, sobre Aquiles, el pescador que tras sufrir un delirio por exceso de sol, regresa a África, remonta el Congo, y redescubre sus raíces a través de su memoria racial, la memoria que ha heredado de sus antepasados. Se trataba, también, de Muhammad Yunus.

Yunus ha venido con un discurso similar al que pronunciara en la ceremonia de recepción del Premio Nobel de la Paz. El énfasis sigue siendo el mismo: La paz social está amenazada por condiciones económicas, políticas y sociales injustas, por la ausencia de democracia, por la degradación ambiental, por la carencia de derechos humanos. Ha puesto a la pobreza dentro de una perspectiva múltiple, que va más allá del simple fenómeno económico, atraviesa todas las esferas de la actividad y la dignidad humana, y llega al corazón de la democracia.

Quienes no hayan podido evitar ese sentimiento de qué-poco-útil-ha-sido-mi-propia-vida, quienes experimentaron esa ráfaga de deseo por contribuir en algo con el bienestar social, deben aprovechar el empujón para leer el discurso entero de Yunus en la Academia ( www.nobelprize.org).

Ahí allí ideas, esas sí, muy revolucionarias, cuya adaptación a nuestra propia realidad trae consigo nuevos retos. El Grameen Bank surgió y creció por su fe en la capacidad de los receptores para convertir esos pequeños préstamos en fuentes de ingreso permanentes que les permitieran repagar el préstamo y seguir creciendo. Ese empuje, en cuanto a creatividad, a iniciativa empresarial, existe de sobra entre los venezolanos. Pero aquí hay otros problemas que nos obligan a plantearnos el reto de Yunnus en términos distintos. Quien recibe un préstamo en un barrio venezolano debe superar, además, las barreras de la delincuencia y de la burocracia (aquí crear un negocio toma 16 procedimientos y 141 días, por 8 y 37 en Bangladesh). En estas áreas el gobierno ha ayudado muy poco o nada.

Yunnus fue traído a Venezuela hace más de cinco años y, según se cuenta, salió horrorizado de aquí. Las dos grandes iniciativas que el gobierno le presentó, como “modelos” del Grameen Bank, fueron el Banco de la Mujer y el Banco del Pueblo. En aquél entonces, ya la corrupción y ausencia de controles administrativos era rampante, los “créditos” otorgados no tenían seguimiento, no se conocían las tasas de recuperación, y ya habían empezado a invertir una inmensa proporción de su cartera en títulos del Estado.

Más allá de las inmensas implicaciones que tienen en nuestra vida de todos los días las ideas de Yunus, su contribución más importante ha sido el demostrar que un pequeño grupo de personas, preocupado por resolver un problema pequeño en una comunidad muy específica, puede llegar a llegar a hacer una enorme diferencia.

Miguel Ángel Santos