Por estos días uno abre los diarios, o prende el televisor, y en todas partes se encuentra con alguno de los directores del BCV. Hablan de las bondades de la eliminación de los tres ceros. Predican sobre las reformas fiscales, monetarias y cambiarias que acompañarán la reexpresión contable. Pronostican que nuestra tasa de crecimiento se mantendrá, con la inflación cayendo y la tasa de cambio estable, por al menos siete u ocho años. Nos invitan a dar gracias a Dios por la existencia de FONDEN, porque imagínense, de no ser por FONDEN, ¿en cuánto habría crecido la liquidez en Venezuela? Como si esos dólares no se pudiesen guardar, igualito, en un fondo para la estabilización. Como si FONDEN fuese el FIEM, como si los mecanismos de rendición de cuentas y reglas claras de ahorro y des-ahorro no importaran. Después de todo, ¿Cuánto hay en FONDEN? ¿Cómo nos las arreglamos para saber cuánto se ha acumulado, cuánto queda, cuánto y en qué se ha gastado?

Uno sigue viendo, leyendo o escuchando, con la esperanza de que al final se haga una referencia, aunque sea breve, a la difícil situación del BCV. Uno espera que, después del proselitismo, de forma objetiva, nos cuenten también cómo desaparecieron 10.056 millones de dólares del BCV, con qué justificación, que nos hablen de cómo y por qué la razón de liquidez a reservas se ha deteriorado 45% en 12 meses. Uno busca en esas redacciones, en esas ruedas de prensa, una explicación acerca del curso a seguir en relación con las pérdidas operacionales y patrimoniales del BCV, una estrategia para frenar la bola de nieve que están creando con la emisión de títulos para recoger liquidez. Nada de eso.

Hay otras cosas sobre las que también sería bueno que alguno de los directores del BCV nos ofreciera alguna explicación. No porque haya algo que lo obligue, que ya no lo hay, siendo porque sienta la necesidad. ¿Por qué la salida de capitales totalizó 11.635 millones de dólares, cifra récord en nuestra hemofílica historia, en el año 2005? ¿Cómo es posible que eso haya ocurrido en pleno control de cambio? Más aún, si dentro de esa cifra nos olvidamos de los “Errores y Omisiones” (3.763 millones de dólares), la mera acumulación neta de activos privados en el exterior totaliza 7.872 millones de dólares. ¿A qué corresponde esa colosal magnitud? La respuesta no puede ser la “repatriación de dividendos” de los inversionistas extranjeros en Venezuela. No hay manera de que lo sea, porque si la rentabilidad promedio del capital extranjero en dólares fuese de 20%, eso equivaldría a decir que en Venezuela existe un stock de inversión extranjera equivalente 39.360 millones de dólares. ¿Dónde están esas inversiones?

¿Cómo es posible que estén a punto de decretar utilidades cambiarias, si no ha ocurrido ninguna devaluación oficial en 17 meses, si todos sabemos que las reservas en ese tiempo han rotado muy rápido?

Sería inmensamente constructivo que alguno de los directores del BCV se esforzara por explicarnos algunas de estas cosas, en lugar de guardar ese silencio gélido e incómodo, en vez de mirar con desdén a los indeseables, a los hombres del subterráneo (como diría Rafael Cadenas) que traen estos temas a colación. Sería una tremenda lección para un país en donde se encuentra prohibido disentir, demostrar desacuerdo, pedir cuentas, solicitar explicaciones. Sería muy útil que alguien se levante en medio de tanta indolencia y haga una advertencia, algo así como lo que ha intentado tímidamente Domingo Maza Zavala en estas últimas dos semanas, pero más consecuente, más sólido, más insistente, más convincente. Sería extraordinario sentir algún batir de alas en medio de tanta ceniza.

Miguel Ángel Santos