John Carlin: Playing the enemy: Nelson Mandela and the game that made a nation . Nueva York: Penguin. 2008. Edición en español:
El factor humano: Nelson Mandela y el partido que salvó a una nación . Barcelona: Seix Barral. 2009.

La historia siempre ocurre en otros tiempos, a otra gente y dentro de otros contextos. Por esa razón transplantar las lecciones de ayer y de allende puede resultar no sólo inconveniente sino, además, peligroso. Suele producirse la impresión de que mientras más atrás y más lejos haya ocurrido, menos probabilidad tiene de ser adaptado. Pero, ¿cuál es el propósito de estudiar la historia si no es el de aprovechar la experiencia ajena para comprender mejor la circunstancia actual y tomar mejores decisiones?

Tener presentes ambas dimensiones —la importancia de la historia como herramienta de aprendizaje y los peligros de trasladar experiencias— es esencial para sacar el máximo provecho de El factor humano, un libro reciente de John Carlin que relata el proceso de reconciliación surafricano poniendo especial énfasis en el Campeonato Mundial de Rugby celebrado en 1995. El autor difícilmente podría estar mejor capacitado para la tarea: Carlin fue corresponsal en Sudáfrica del periódico The Independent, de Londres, entre 1989 y 1995. El libro ha servido de base al guión de la película Invictus, protagonizada por Morgan Freeman y Matt Damon. Esto último tiene sus aspectos positivos y negativos. Por un lado, ha contribuido aún más a resaltar la tarea ciclópea de Nelson Mandela y el Congreso Nacional Africano (ANC, por sus siglas en inglés) de reconciliar una nación y evitar una guerra civil. Por el otro, ha despertado cierto entusiasmo superficial, una buena cantidad de citas vacías hechas fuera de contexto y una determinación ingenua, casi tan espontánea como efímera, de trasladar la experiencia a otras realidades.

Está de más decir que la historia de esa región tiene muy poco que ver con la venezolana, por ejemplo. A pesar de haber sido poblada hace miles de años por tribus de origen Bantú que provenían del delta del río Níger y de África Occidental, su historia política no comienza sino hasta el año 1647, cuando un barco mercante holandés encalló cerca de Ciudad del Cabo y sus tripulantes se vieron obligados a permanecer allí algún tiempo esperando rescate. A partir de allí, la presencia holandesa fue una constante, afianzada en 1652 por la llegada de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. Ese período de ocupación y asentamiento sólo sería interrumpido en 1814, cuando la fuerza de Holanda como potencia mercantil fue sustituida por la de Gran Bretaña.

La historia política de la región fue hasta finales del siglo XX la de un feudo entre colonos blancos —holandeses (afrikáner) y británicos— con escasa referencia a la población negra. De allí las dos guerras Anglo-Boer de 1880 y 1899, ganadas por holandeses y británicos respectivamente, y el tratado de 1902 que reconoce la soberanía de estos últimos sobre los territorios que hoy ocupan Sudáfrica, Lesotho, Botswana, Zimbabwe y Suazilandia. Los afrikáner no volverían al poder sino hasta 1924, cuando una coalición liderada por Barry Hertzog se alzó en las elecciones parlamentarias (sólo votaban los blancos, que representaban apenas veinte por ciento de la población). La vuelta de los afrikáner al poder se basó precisamente en su postura racista: por primera vez el tema de la amenaza negra ( swart gevaar) adquirió importancia electoral.

Surgieron entonces las primeras leyes que formalizaron el apartheid (ya para aquel momento una realidad social): la Ley de servicios separados (que prohibía a los negros entrar a las mejores playas y parques, y viajar en compartimientos de trenes reservados a los blancos), la Ley de áreas de grupo (que prohibía a negros y blancos vivir en las mismas zonas, y obligaba a la separación física de distritos), la Ley de inscripción de la población (que dividía la población en cuatro grupos, en orden de privilegios: blancos, mestizos, indios y negros) y la Ley de inmoralidad (que ilegalizó no sólo el matrimonio sino también el sexo entre grupos). La tierra fue dividida de forma tal que al ochenta por ciento de la población le fue asignado el catorce por ciento del territorio. Otro aspecto clave del apartheid consistió en el plan de estudios diseñado por el Departamento de Asuntos Nativos en 1953 para regir «la naturaleza y las necesidades de las personas negras». El plan preveía que los negros recibieran una educación que les impidiera ascender a puestos «por encima de los que les correspondían», reservando así los puestos de trabajo más importantes para los blancos (p. 64).

Las primeras organizaciones «políticas» de negros surgen en 1923, cuando un grupo encabezado por un graduado en leyes de la Universidad de Columbia, Pixley ka Isaka Seme, organizó a los líderes de varias tribus en lo que se conoció de allí en adelante como el Congreso Nacional Africano (ANC). Esa fue la organización precursora de la que más tarde formarían parte Nelson Mandela, Walter Sisulu, Cyril Ramaphosa, Ahmed Kathrada, Thabo Mbeki y demás líderes de la resistencia negra.

Carlin no abunda demasiado en estos precedentes históricos que son esenciales para comprender lo que vendría después. Toma el testigo a partir de 1985, año en que comienzan las conversaciones entre Mandela y el gobierno afrikáner, representado primero por P. W. Botha y luego por F. W. De Klerk. Para entonces ya Mandela había completado dieciocho años en prisión en la isla Robben Island (todavía tendría por delante otros nueve). Había puesto especial énfasis durante esos años en entender mejor la cultura afrikáner: sus orígenes, aficiones y forma de pensar. Había desarrollado la capacidad de hablar fluido en afrikaans, algo que le permitiría abordar las negociaciones de paz dirigiéndose al gobierno en su propio idioma. Estas características le ayudarían en el transcurso de los años a ir desarmando uno a uno a todos sus enemigos. Como relata Arrie Rossouw, corresponsal político de Beeld, periódico del aparato afrikáner: «Se acercó con la mano extendida, como un rey encantador, sonrió y me dijo: “Hola, soy Nelson Mandela”. Y entonces me presenté yo, y él ya sabía todo sobre mí» (p. 117).

El recuento de Carlin sobre las primeras reuniones de Mandela con el gabinete afrikáner constituye una memoria invalorable de cómo se conduce una negociación con empatía, tacto y, al mismo tiempo, fidelidad a los principios que fundamentan la posición de cada quien. La primera de esas reuniones tuvo lugar en 1986, con Mandela y el jefe del Servicio Nacional de Inteligencia, Niels Barnard, como protagonistas. Mandela había sido traído a tierra firme para una intervención quirúrgica y, tras finalizar su período de recuperación, el gobierno decidió que era improcedente llevarlo de vuelta a Robben Island. Fue trasladado primero a la cárcel de Pollsmore, en tierra firme. De allí sería llevado a una casa en la prisión Victor Verster, cerca de los viñedos de Paarl, al norte de Ciudad del Cabo.

Mandela asistió a esa primera reunión en ropa de cama (por su convalecencia), lo cual contribuyó a que Barnard mantuviera la guardia baja de entrada. Pasada la fase de la cortesía y el intercambio inicial de ideas, en el cual Mandela siempre mostró un conocimiento superior de sus oponentes, se entró de forma gradual al corazón de la negociación. Estas conversaciones eran de una naturaleza muy dura, como queda demostrado en numerosos episodios a lo largo del libro. «Señor Mandela, gobernar es un trabajo difícil. No es, con todo respeto, como sentarse en un hotel en Londres a beber cerveza Castle importada de Sudáfrica y hablar del gobierno», le dijo Barnard en aquella primera reunión, en clara alusión a los líderes de ANC en el exilio (pp. 76-77).También es memorable el recuento de la primera reunión entre Mandela y Botha. El gobierno había hecho previsiones para que se proveyera a Mandela de un traje de tres piezas hecho a la medida. Mandela comenzó esta reunión, como siempre lo hacía, resaltando las similitudes entre los afrikáner y la población negra, poniendo el énfasis en las cosas que tenían en común: «...habló de las analogías entre la lucha actual del pueblo negro por su liberación y el combate similar de los afrikáner casi cien años antes, en la guerras Anglo-Boer, para sacudirse el yugo imperial británico. A Botha, cuyo padre y abuelo habían luchado contra los británicos en aquella guerra, le impresionó mucho el conocimiento detallado de Mandela sobre aquél conflicto» (p. 82). A esa primera fase de empatía tenía por fuerza que seguir poco a poco la sección más difícil de la negociación. «Mandela debió morderse la lengua cuando Botha empezó a hablar de "criterios, normas, civilización y escrituras", que era la norma figurada que tenían los políticos del Partido Nacional de contrastar los méritos de su cultura con la barbarie ignorante del mundo habitado por los negros. Por su parte, a Botha no debió gustarle que Mandela volviese a decir que el Partido Comunista era un viejo aliado y que "no iba a deshacerse ahora de socios que habían estado con el ANC a lo largo de toda su lucha"» (p. 82).En el recuento de estas negociaciones es donde se encuentra el verdadero valor del libro. No debe olvidarse, sin embargo, que el contexto donde se produjeron fue lo que abrió a Mandela la posibilidad de incorporarse a la mesa de negociación. Las manifestaciones negras en la calle habían llevado al país a un estado de ingobernabilidad absoluta y la campaña de descrédito internacional que habían impulsado los líderes de ANC en el exilio había ido aislando cada vez más al gobierno en la escena internacional. Se llegó incluso a promover un boicot que le hizo imposible a la selección de rugby (deporte de los blancos) de Sudáfrica conseguir un rival con quien jugar a nivel internacional durante años.

En la mesa de negociación Mandela tenía una habilidad extraordinaria para saber cuándo mantener su posición y cuándo llegaba la hora de, en nombre de su gran objetivo, hacer grandes concesiones. A pesar de representar a más del 85 por ciento de la población y de tener garantizada la victoria electoral, Mandela siempre reconoció la necesidad de incorporar a las minorías blancas en su proyecto político. Ese reconocimiento distaba mucho de ser una condición romántica: los blancos ostentaban el poder militar y el poder económico en Sudáfrica.

El acuerdo de transición disponía, entre otras cosas, que tras las elecciones libres se formaría un gobierno de coalición: el presidente pertenecería al partido mayoritario, pero el gabinete estaría integrado según la proporción de votos de cada partido. Dentro de esta concepción, la vicepresidencia le correspondió a F. W. De Klerk, presidente saliente y líder del Partido Nacional. También se ofrecieron garantías de estabilidad laboral a los funcionarios blancos, incluidos los militares; y a los granjeros blancos, de que sus tierras no serían expropiadas. Mandela también se comprometió a no hacer juicios «a la Nuremberg», y en su lugar instauró los comités de la Verdad y la Reconciliación. Allí, las familias agraviadas confrontaban en franco diálogo a sus verdugos, tras lo cual se ejercía una suerte de perdón formal. Este proceso, cuyos testimonios televisados resultaron profundamente dolorosos, formó parte esencial del proceso de reconciliación surafricana. Mandela también propuso que Sudáfrica contara con dos himnos oficiales, que serían interpretados en todas las ceremonias oficiales: Die Stem, el himno afrikáner que prevalecía hasta entonces, y el Nkosi Sikelele , el himno de los negros en la resistencia (pp. 181-188).

El último tercio del libro está dedicado a analizar la capacidad de negociación de Mandela, tanto con sus oponentes para que aceptaran sus condiciones como con sus seguidores para que respaldaran sus concesiones, en lo que respecta específicamente al equipo de rugby de Sudáfrica y el Campeonato Mundial celebrado en ese país en 1995. Aquí está el líder en su máxima expresión, rompiendo el boicot internacional para permitirle la preparación al equipo de rugby, y vistiendo la camiseta amarilla y verde tan querida por los blancos como odiada por los negros. En esta sección se destaca la importancia que atribuye el líder a los símbolos. La interpretación durante la ceremonia inaugural, por parte del equipo, del himno Nkosi Sikelele, en idioma xhosa, y el lema «Un equipo, un país», son apenas dos de los ejemplos más importantes de esta característica.

Lo demás ha sido resaltado con especial énfasis en la película: la victoria del equipo nacional de Sudáfrica en la final ante Nueva Zelanda, luego de dos tiempos extras, y el estallido de júbilo de toda una nación. Se dice y se observa, mucho más fácil de lo que se hace y se replica. Allí está el reto.

Miguel Ángel Santos