La crisis financiera que está devastando la economía de los Estados Unidos tiene aspectos sencillos de comprender y otros mucho más técnicos, más complicados, bastante menos intuitivos. Hasta hace poco se pensaba que la mecánica de estos últimos apenas era conocida por un grupo muy pequeño y privilegiado de personas, pero ahora se sabe que ni siquiera ese pequeño grupo de mentes brillantes era capaz de comprender los niveles de riesgo a los que se estaba exponiendo. De esta crisis podemos sacar lecciones muy importantes para nosotros; lecciones que tienen que ver precisamente con ese irse metiendo en situaciones de riesgo cuyas consecuencias (ya no digamos los remedios) no somos capaces de prever.

¿Cómo se originó la crisis?

La crisis financiera se gestó alrededor de dos fenómenos que coincidieron a comienzos de esta década. En primer lugar, a raíz de los incrementos sostenidos en los precios de las materias primas a nivel mundial, los países exportadores empezaron a registrar ingresos que excedían sus necesidades de gasto, lo que produjo excedentes en dólares cada vez mayores. Esos excedentes fueron dirigidos hacia los mercados financieros de los países desarrollados, en particular Estados Unidos. Allí coincidieron con los fondos que venían huyendo de las compañías punto.com, entonces en pleno descalabro, e inundaron de liquidez la economía norteamericana. Las tasas de interés se fueron al suelo, lo que hizo atractivas las inversiones en bienes raíces.

Así, los fondos empezaron a ser canalizados hacia el sector inmobiliario en una proporción cada vez mayor, bastante mayor a la capacidad de oferta de la economía. Se produjo así una aceleración de precios que hizo estas inversiones todavía más atractivas. Como la bonanza en los precios de las materias primas se prolongó, se mantuvo el combustible de esa enorme demanda de bienes raíces. Para mantener el momento, el sector financiero le tendió la mano a un conjunto de potenciales compradores de vivienda cuyo perfil de riesgo era mayor (sub-prime). Con los precios de las viviendas subiendo a una tasa mucho mayor que la propia tasa de interés, las probabilidades de default (de que alguien no pudiera pagar) eran muy bajas.

Y aquí viene la vertiente más compleja de la crisis. Ese conjunto de instituciones decide trasladar los riesgos de esas hipotecas sub-prime, empaquetándolos y vendiéndolos a través de instrumentos financieros cada vez más complejos (derivados). Esta complejidad creciente es fundamental para entender la crisis, porque los reguladores siempre parecen ir a la zaga. Ocurre así una especie de carrera contra el tiempo, en donde el mercado produce instrumentos cada vez más sofisticados, que actúan como un huracán, creando una especie de fuerza centrífuga que aumenta exponencialmente los riesgos iniciales implícitos en las hipotecas sub-prime. Ahora se sabe que muchas de las instituciones que han colapsado tenían dos tercios de su cartera comprometida, de una forma o de otra, en el sector inmobiliario.

¿Qué podemos aprender de esta experiencia?

De esta experiencia es mucho lo que podemos aprender. La crisis que actualmente sufre los Estados Unidos ocurre, ante todo, por falta de diversificación. El sistema financiero, el país, los bancos de inversión y los portafolios de inversión, se expusieron al riesgo específico de un solo sector, pusieron todos sus huevos en una única canasta que no fue capaz de resistir todo ese peso específico y se deshizo en pedazos.

En Venezuela, durante los últimos ocho años, el gobierno ha promovido un sistema de tasas de interés preferenciales y de “carteras dirigidas” (gavetas) a los bancos que ha incrementado notablemente su exposición al sector inmobiliario. El enorme crecimiento de la demanda no ha podido ser compensado por la oferta, entre otras cosas porque el mismo gobierno ha ahuyentado la inversión en el sector, provocando una escalada fenomenal en los precios de la vivienda. Ahora el sistema bancario cuenta con una serie de hipotecas que son viables a esas tasas subsidiadas, pero no a otras. Si por alguna razón suben las tasas de interés, comenzará a crecer peligrosamente el portafolio de créditos demorados.

Por otro lado, el propio gobierno ha invitado a la banca a invertir más de la mitad de su patrimonio en deuda pública. Esa es una concentración inaceptable que traslada a la banca todo el riesgo de la República, y la pone en una posición negociadora muy débil a la hora de renovar los vencimientos. A la larga, el gobierno siempre puede imprimir billete para pagar la deuda interna, saldando cualquier crisis de liquidez con el impuesto inflacionario. Ese lo pagamos todos, no lo paga la banca. En este sentido, quienes pagan los platos rotos serán los mismos que en Estados Unidos: Los más pobres. Ellos tendrán que pagar más impuestos, ya sea por la vía formal (para financiar el paquete de rescate de 700.000 millones de dólares, si finalmente se aprueba) o por la vía del impuesto inflacionario. Todo eso sin mencionar la enorme dependencia que mantiene el país del petróleo, de lo poco que hemos promovido la diversificación de nuestra inversión y de nuestro trabajo hacia otras fuentes productivas.

La crisis de Estados Unidos también pone de relieve la importancia del rol del Estado como regulador del sistema financiero. Esa regulación debe promover la diversificación, no la concentración. Los mercados en este sentido no siempre funcionan bien, existen muchas fallas, muchas asimetrías de información, mucho sinvergüenza técnicamente bien dotado diseñando instrumentos que lo ayuden a aumentar sus rendimientos mientras otros corren los riesgos. De allí a escribir el obituario del capitalismo hay un abismo. Lo que ha quedado claro es que deben coexistir el gobierno y el mercado, porque sin éste último la economía pierde por completo el incentivo a ser productiva. Nuestra experiencia indica que es mejor que el Estado sea buen regulador y no mal banquero. En especial, porque de ser el Estado también el banquero no queda nadie para regularlo.


Miguel Ángel Santos