Nuestra inflación en el rubro de Alimentos en los últimos doce meses totaliza 25%. Peor aún, durante los últimos tres meses, los alimentos han experimentado aumentos de precios (según el reporte del BCV) de 5%, 6%, y 5% respectivamente, para un total de 17% en ese breve período. Esa catástrofe se da en una de las variables que nos afectan de forma más directa, que nos tocan más de cerca, que no requiere de explicaciones adicionales. Aquí no se trata, como me suele advertir Fausto Masó, de abstracciones espaciales como las pérdidas del BCV, la ausencia de mecanismos de rendición de cuentas en FONDEN, la pérdida de respaldo de la liquidez monetaria, ni nada por el estilo. No, se trata de la inflación, se trata de uno de los problemas de la gente.

El día que se hacen públicas estas cifras, los titulares de la prensa los comparten las atrocidades de Israel en el Líbano, el acuerdo de los candidatos de la oposición para inscribir una candidatura única, la visita de Chávez al general Vo Nguyen Giap, la irrupción del Conde del Guácharo, los primeros turnos de Bobby Abreu con el uniforme de los Yankees, las citaciones a los ejecutivos de SUMATE, los diez minutos de fama de Albornoz. ¿Dónde está la inflación? ¿Por qué no forma parte del debate una noticia que en cualquier otro país constituiría un arma letal en medio de una campaña electoral?

Hay que decir, además, que esa espantosa inflación se registra entre un conjunto de alimentos de los cuales algunos exhiben precios fijos, otros se distribuyen a pérdidas por CASA y MERCAL, otros se importan sin pagar aranceles ni IVA. Es decir, en cualquier caso, podemos estar seguros de que si el BCV reporta 25% de inflación de alimentos en doce meses, 17% en el último trimestre, ese nivel es el límite inferior de lo que podría ser la verdadera variación de precios.

Desde la implementación del control de cambio en 2003 el gobierno viene gastando dinero a un ritmo que no encuentra espejo en el sector real, en la inversión, en la contratación de trabajadores, en la producción de bienes y servicios. Durante los últimos tres años, la cantidad de dinero en circulación ha crecido 255%, mientras que nuestra producción de bienes ha crecido 17%. Este año la proyección de crecimiento de liquidez se encuentra de nuevo alrededor de 49%. Aunque crezcamos en la vecindad de 7%, sigue habiendo mucho más dinero persiguiendo esos bienes. El BCV también reporta que muchas industrias se aproximan a plena utilización de capacidad. Si se sigue gastando a este ritmo, no hay manera de contener la inflación.

El gobierno ha tratado de frenar la inflación proveyendo al mercado de divisas para importaciones a precio fijo (2.150 bolívares por dólar), pero esa práctica tiene sus límites. Al fenómeno de la ausencia de creación de empleo, al que no se le presta suficiente atención, tendríamos que agregar que la renta petrolera no nos alcanza.

Nuestras exportaciones de petróleo del año pasado, 45.060 millones de dólares, convertidas a bolívares y repartidas de forma equitativa entre toda la población, arrojaba una cantidad de 9.900 bolívares por persona por día. Todo eso suponiendo que no hay financiamiento a Cuba, que no hay gasoducto del Sur, que no hay Telesur, que no hay Evo Morales ni Daniel Ortega, que no hay compra de bonos argentinos. Así, sin esas menudencias, asumiendo que el petróleo no tiene costo, nos tocan 9.900 bolívares diarios. Dos arepas. ¿Y la salud, la educación, la vivienda, las inversiones en agua y electricidad, el transporte público? No nos da. A punta de petróleo no nos da. Es una ilusión, es un viaje de real para un gobierno. No para un país.

Miguel Ángel Santos