En Venezuela, la política comercial ha sido (casi) siempre una consecuencia accidental de otras políticas más urgentes, más visibles, y no el resultado de una estrategia bien pensada para alcanzar el progreso. Es un tema que, por ser áspero y desconocido para el ciudadano común, se suele manipular con una simpleza asombrosa según la conveniencia del caso, una especie de comodín que le sirve a la derecha y a la izquierda para completar sus tríos y seguidillas.

Por un lado están los que pregonan que el libre comercio acaba con la producción propia, que es la estrategia del imperio para poner de rodillas a los países en desarrollo. Y peor aún, por el otro, están quienes nos quienes vender que traer todo a Venezuela con arancel cero dará un poder adquisitivo a nuestros ingresos extraordinario y milagroso. Todo será más barato. Como si para que el ingreso tuviese poder adquisitivo, no hubiese que tener primero algún tipo de ingreso (derivado, presumiblemente, de alguna actividad productiva).

La política comercial del gobierno no ha podido ser más ambigua. Tiene su expresión liberal ultra-ortodoxa, con tasa de cambio (oficial) fija desde hace tres años (con inflación acumulada de 63%), el país inundado de importaciones, y buscando la entrada de Venezuela al MERCOSUR. Y tiene rasgos de la heterodoxia más rancia, subiéndole los costos de transacción a los empresarios (robos, arbitrariedades, inseguridad sobre la propiedad, controles de precios, controles de cambio, legislación laboral, permisologías, impuestos de diferente tenor) y haciendo muy poco deseable invertir en Venezuela (mucho menos en bienes transables). Aquí no entran jamás nuevos productores, aquí los activos se transfieren de manos; quienes están adentro hacen real (por ahora), pero nadie quiere entrar. Todo un reto para la teoría micro-económica. Esa combinación absurda de política es lo que Carlos Díaz Alejandro calificó de liberación “miserabilizadora”.

Imagínese usted un empresario venezolano que hace tres años era igual de productivo y tecnificado que su contraparte en Miami. En los últimos tres años, ha visto cómo la inflación de costos se ha disparado 63%, mientras la tasa de cambio permanece fija. Tres años después ya no es competitivo. Ahora colocar su producción en el exterior es 63% más caro en dólares (mientras su competidor en Miami se hace igual de barato en bolívares). ¿Qué hizo de malo ese productor venezolano? 10% de diferencia se hubiese podido recuperar a través de una mayor productividad, pero ¿cómo hace para recuperar esa brecha de 63%?

Esas son las realidades de las que se niegan a hablar los que pregonan el libre comercio como la gran panacea. Nuestros productores, si son ineficientes y caros, le transmiten eso en costos a la sociedad. Es verdad. Pero también es verdad que muchos de ellos están sujetos a unos niveles de costos de transacción que no sufren sus contrapartidas en el exterior. Si queremos que compitan, tenemos que nivelar el terreno primero.

Quizás, a la luz de todo esto, la mejor política comercial que uno puede pedir se derive de aquella anécdota de Facundo Cabral, según la cual en un encuentro entre su madre y el Presidente Ménem, a la pregunta de éste “Señora, ¿en qué puedo ayudarla?”, aquella contestó: “Con que no nos joda ya es suficiente”.


Miguel Ángel Santos