La semana pasada el Banco Central de Venezuela (BCV) hizo públicas las cifras de cierre 2004 de balanza de pagos, resumen de todas las transacciones comerciales entre Venezuela y el resto del mundo. Cuando uno revisa el balance final lo primero que llama la atención es el saldo en cuenta corriente, es decir, el resumen de todas las transacciones que involucran bienes y servicios: Allí Venezuela presenta un superávit de 14.575 millones de dólares.

¿Eso es bueno o es malo? Depende. Esa cifra quiere decir que los venezolanos produjimos 14.575 millones de dólares más de lo que consumimos, y por ende, podemos exportar esa cantidad hacia el resto del mundo. La contrapartida en dólares de esas exportaciones indican una mejora en la posición neta acreedora internacional de Venezuela.

Ahora bien, la bondad aparente del superávit – concretamente, que en términos consolidados el país en su conjunto está menos endeudado de lo que estaba antes – depende de qué se encuentra detrás de él, en otras palabras, qué hizo el país con esos 14.575 millones de dólares.

Una opción, acaso la más simple, empecemos por ahí, es que ese superávit haya ido a aumentar nuestras reservas internacionales. Según las cifras del BCV al cierre del año las reservas totalizaban 24.172 millones de dólares, 2.873 millones más de lo que teníamos al comienzo del año (según la balanza de pagos ese saldo es de 1.898 millones, está extraviado 1.000 millón de dólares probablemente en transacciones intra-sector público).

Si Venezuela exportó 14.575 millones de dólares más de lo que importó, y sus reservas aumentaron sólo 2.873 (o 1.898) millones, ¿dónde está la diferencia? La diferencia ha sido utilizada para: a) pagar deuda del sector público, notablemente PDVSA, b) acumular unos 2.000 millones de dólares en el Fondo Social de PDVSA en el exterior, c) proveer al sector privado con unos 4.500 millones de dólares para repatriación de dividendos y pago de deuda privada, y d) se encuentran en errores y omisiones 2.800 millones de dólares.

Esta cifra de “errores y omisiones” es considerablemente alta en comparación con otros períodos de control de cambio. Aquí cabe la posibilidad, acaso la sospecha, de que se hayan registrado unas exportaciones petroleras excesivamente altas (equivalentes a 2.7 millones de barriles diarios), y se haya compensado de manera negativa por la vía de errores y omisiones parte de esos ingresos no recibidos. A fin de cuentas, las cifras que dice PDVSA que está exportando no se encuentran respaldadas en ningún balance o estado financiero, y se encuentran reñidas con todas las fuentes de información internacionales. Si antes teníamos una caja negra, ahora ni siquiera tenemos una caja.

En cualquier caso, lo más representativo de nuestro superávit en cuenta corriente es lo que no tiene. No tiene inversión extranjera, equivalente a apenas 1.302 millones de dólares, no tiene exportaciones no petroleras, que aumentaron por el mayor precio de los commodities a nivel mundial, no porque ahora tengamos mayor capacidad y mucho menos competitividad. Parte de nuestras exportaciones petroleras han sido utilizadas para financiar un crecimiento de 70% en las importaciones, que superaron los 17.000 millones de dólares. Visto desde ese punto de vista, y más allá de si nuestro superávit es bueno o es malo, lo cierto es que se parece mucho a los registrados durante los últimos 25 años, y terminarán así pareciéndose también los déficits, las devaluaciones, y los shocks que produce depender en exceso del petróleo, y utilizar las bonanzas para importar barato y ahogar la producción nacional.

Miguel Ángel Santos