La frase se escuchó en medio del escándalo de esta semana en el teatro Teresa Carreño, cuando algunos estudiantes procuraron entrar en el recinto para participar en el debate constitucional. Alguien soltó: “¿Por qué tienen que venir aquí? ¡Vayan y armen su debate por su lado, con su propia gente!”. Es decir, si uno se va por su lado, con “su propia gente”, que presumiblemente son “su propia gente” porque piensan como uno, ¿qué es lo que se va a debatir?

Este incidente, más allá de la posición que se ocupe en relación con la propuesta de reforma constitucional, va al corazón de lo que ha sido, y más aún, de lo que no ha sido, este proceso: No ha habido discusión. Sigue existiendo un desconocimiento generalizado en relación con la reforma, se ignora no sólo en qué consiste, sino más aún qué consecuencias puede tener sobre nuestros problemas de todos los días. Esa actitud colectiva no debe ser interpretada como una prueba de desdén por los asuntos públicos, por el contrario, es una muestra de una inteligencia más sutil: No tiene sentido prestar atención a lo que dice uno y otro, porque no existe interés por promover un debate constructivo, por informar sobre las bondades y las desventajas de determinadas propuestas.

Que se haya planteado así es una verdadera lástima, después de todo, las constituciones son especies de grandes acuerdos que todos deben respetar y que deben servir de guía en el proceso de construcción y desarrollo del país. Dentro de esa amplia discusión, que una sociedad se organice de acuerdo con principios socialistas, liberales o capitalistas, que se reafirme o no el principio de la propiedad privada, son temas que sí tienen que ver con todos nosotros, y que han debido ser el fruto de una verdadera y constructiva discusión nacional, como resultado de la cual ha podido resultar un gran acuerdo: Para adelante es para allá.

En lugar de eso hemos tenido un conjunto de monólogos, en donde se enfatizan bondades y se omiten desventajas. Acaso los más vilipendiados, y también los más huérfanos, dentro de todos esos monólogos simultáneos, hayan sido el capitalismo y el liberalismo.

¿Qué se parece más a nosotros: el socialismo o el liberalismo?

Lo que causa más curiosidad cuando se lee a algunos pensadores liberales es que sus posturas no lucen tan ajenas al comportamiento humano de todos los días, a nuestros intereses, a nuestro esfuerzo diario por sobrevivir. Véase por ejemplo una entrevista concedida a un periodista francés en 1989 por Friedrich Von Hayek, uno de los liberales más rancios: “El socialismo es ante todo una nostalgia de la sociedad arcaica, de la solidaridad tribal, la superioridad del liberalismo sobre el socialismo no es una cuestión de sensibilidad o de preferencias personales, sino un constante objetivo verificado por toda la historia de la humanidad. Allí la iniciativa individual es libre, el progreso económico, social, cultural y político es superior a los resultados obtenidos por sociedades planificadas y centralizadas”.

Y más adelante: “El malestar de las sociedades democráticas viene de que las palabras han perdido su sentido. Originalmente, en la democracia, los poderes estaban limitados por la Constitución y la costumbre. Pero nos hemos ido deslizando cada vez más hacia una democracia ilimitada: un gobierno puede hoy hacerlo todo so pretexto de que es mayoritario. La mayoría ha reemplazado a la Ley. La Ley en sí misma ha perdido su sentido; principio universal al comienzo, hoy ya no es más que una regla cambiante destinada a servir a intereses particulares… ¡en nombre de la justicia social! Pues bien, la justicia social, es una ficción, una varita mágica. ¡Nadie sabe en qué consiste! Gracias a ese término vago, cada grupo se cree en el derecho de exigir al gobierno ventajas particulares. En realidad, detrás de la “justicia social” está simplemente la expectativa sembrada en la mente de los electores por la generosidad de los legisladores hacia ciertos grupos”.

Todas estas palabras parecen haber sido pronunciadas a propósito de la situación venezolana. Uno pudiera pensar, uno también sabe, que a punta de liberalismo y capitalismo va a ser muy difícil superar el enorme déficit de atención social que presenta Venezuela. Nuestros niveles de pobreza, que alguna vez fueron consecuencia de la carencia de inversión y la falta de crecimiento, hoy en día son más bien una barrera al crecimiento. Aún si se recuperara la inversión hay una enorme cantidad de compatriotas que no encontrará cómo enchufarse en el proceso, son desertores escolares, obligados a moverse en los terrenos movedizos y neoliberalísimos de la informalidad para ganarse el sustento. Y es allí donde se hace deseable una mayor intervención del Estado para nivelar las oportunidades, para que nadie se quede por fuera. El tamaño de ese esfuerzo, en Venezuela, es justo reconocerlo, implica un gobierno bastante mayor que aquél que prescribían los liberales. Pero es un gobierno igualador de oportunidades, no igualador de resultados.

Esa plataforma en ninguna región del mundo ha pasado por limitar el alcance de la propiedad privada. No en vano M.S. Swaminathan, padre de la revolución agrícola en la India, ha declarado: “La primera condición para escapar del hambre es respetar la propiedad privada” (Ese mismo economista acuñaría otra frase que viene muy a cuento de la realidad venezolana: “El mapa del hambre coincide con el de las ideologías falsas”).

En cualquier caso, existe un gran consenso en Venezuela alrededor de la noción de que la solución de nuestros problemas requiere del concurso de todos. Ese concurso implica discusión, decisiones tomadas por aquellas instancias que conocen mejor la realidad, a nivel descentralizado. Nuestras claves requieren participación, militancia, no permiten que unos tomen decisiones por otros, que otros tomen decisiones por nosotros mismos.

Miguel Angel Santos

Jean Pierre Marcaillou